¿Controlar o confiar?

En muchos países del mundo, la escolarización es obligatoria. Al cuestionar esto, me doy cuenta que uno de los impedimentos más grandes para liberar el aprendizaje de los niños, es el miedo a que ellos no aprendan nada si no van a una escuela. El hecho de que ya aprendieron a caminar y hablar sin que ningún adulto les haya obligado a eso a través de tareas y exámenes, es algo en que la mayor parte de los adultos no reflexionan. Se ha vuelto sintomático no confiar en las aptitudes, capacidades y motivación interna de aprender en los niños. Tampoco creemos que tienen la capacidad de saber por sí mismos lo que necesitan aprender y saber para lograr crearse una vida funcional.

Esta falta de confiar, crea una necesidad de control constante en los adultos. No sólo queremos asegurarnos que aprendan los niños, sino también de lo que hayan aprendido. La argumentación se estructura todavía alrededor de la idea de que hay ciertos conocimientos que son necesarios que todos sepamos y que todos tengamos que aprender, preferentemente a la misma edad. Sin estos conocimientos se cree que no es posible crearse una vida exitosa. Eso vuelve impensable el cuestionar la necesidad de materias, planes de estudio, tareas, exámenes y calificaciones, o una escolarización obligatoria.

¿Controlar o confiar?

La mayoría, que argumenta lo arriba mencionado, opina que todo esto es importante para que los niños puedan seguir estudiando en la universidad. Para lograr eso, necesitamos pruebas de que sí somos aptos para estudios universitarios, y eso se logra a través de las calificaciones. Sin embargo, muchos adultos admiten, que las calificaciones sólo sirven para eso, porque una vez adultos nunca volvemos a usarlas.Es imposible no aprender. Aprendemos todo el tiempo, en base a todo lo que hacemos. Simplemente no hemos aprendido a darnos cuenta de eso, a valorarlo y apreciarlo por lo que es.

Deshacernos de la escolarización obligatoria implicaría que los adultos tengamos que soltar la idea de controlar el aprendizaje de los niños, y que empezáramos a confiar en que los niños sí son capaces, no sólo de definir ellos mismos qué aprender, sino que son capaces de hacerlo. No, todos los niños no aprenderían las mismas cosas, pero ¿por qué sería necesario? Todos somos diferentes, con distintos intereses, talentos y pasiones. ¿Dónde está la lógica en obligar a todos a entrar en el mismo molde? ¿Cuánto de lo que aprendiste en la escuela recuerdas hoy? ¿Cuánto de lo aprendido utilizas activamente hoy en día en tu vida?

¿Es realmente válido utilizar de 10 a 12 años de la vida de los niños de ésta manera? Yo opino que es un malgasto enorme de recursos, de tiempo y de energía, que debería poder usarse de una manera mucho más constructiva. Las víctimas de este malgasto son obviamente los niños, atrapados en un sistema que los adultos creemos necesario. De esto se trata la escolarización obligatoria: la necesidad de parte de los adultos de controlar la libertad y la toma de decisiones de los niños.

La verdad es que todos los seres humanos nacemos con curiosidad y con ganas de aprender. Todos los seres humanos somos creativos cuando tenemos la posibilidad de desarrollar nuestros talentos de la manera de que nosotros mismos decidamos. Además sabemos que el aprendizaje es más eficiente cuando está dirigido por una motivación intrínseca, donde la persona misma pueda tomar la iniciativa de lo que quiere aprender, y cómo. Sabemos que la enseñanza no es necesaria para que aprenda un niño. Enseñar y aprender no están relacionados.

Mi opinión es que debería existir mucha más flexibilidad acerca de las posibilidades de aprender de los niños. Pero, para llegar a ese punto, necesitamos cambiar nuestro entendimiento de qué es aprender, poner las necesidades individuales de cada niño en primer lugar, confrontar nuestros miedos y empezar a confiar en que la motivación de aprender es algo innato en cada ser humano. Eso implica que entendamos a profundidad que el aprendizaje es un efecto secundario de cualquier actividad humana. Es imposible no aprender. Aprendemos todo el tiempo, en base a todo lo que hacemos. Simplemente no hemos aprendido a darnos cuenta de eso, a valorarlo y apreciarlo por lo que es.

¿Controlar o confiar?

Puesto que no podemos saber qué tipo de conocimientos se necesitarán en el futuro, pienso que, en vez de una escolarización obligatoria, deberíamos mejor enfocarnos en lograr que nuestros niños amen tanto aprender, que siempre estén dispuestos y listos para aprender lo que necesiten, cuando lo necesiten. El Derecho de Aprender, en vez de una escolarización obligatoria, les brindaría a los niños esa oportunidad.

En muchos países, como en mi natal Suecia, existe sólo un camino “correcto” y posible: ir a la escuela. No hay alternativas para los millones de niños que aprenden mejor en otro entorno, que están incómodos y estresados si tienen que ir a una escuela, que son agredidos, que necesitan más tiempo para aprender y se sienten tontos, o que aprenden muy rápido y que se aburren.Sabemos que la enseñanza no es necesaria para que aprenda un niño. Enseñar y aprender no están relacionados.

Si soltáramos el control, y nos deshiciéramos de la escolarización obligatoria y la sustituyéramos por El Derecho de Aprender, abriríamos la puerta a una infinidad de alternativas donde nuestros niños podrían aprender lo que quieren y lo que necesitan: dónde, cuándo y en la manera que les conviene mejor a cada uno de ellos.

La educación sin escuela, la desescolarización, el aprendizaje auto-dirigido como en las escuelas Sudbury o los Centros de Aprendizaje Ágil podrían exisitir como opciones naturales, exactamente como en Canadá, los Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y en otros países que ya entendieron el valor de la diversidad del aprendizaje.

No todos cabemos en el mismo molde. Hay muchas vías posibles. Yo quiero que superemos los obstáculos que impiden un aprendizaje libre.

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¿Cómo elegir la “mejor educación”para tus hijos?

Desde hace diez años tengo la oportunidad de conocer a muchos papás y mamás en busca de “la mejor educación” para sus hijos. Vienen conmigo con sus preguntas e inquietudes y yo los escucho e intento responder a sus preguntas.

En la mayor parte de los casos vienen con bastante confusión. En muchos casos esto se debe a que los papás no están de acuerdo entre ellos: no comparten la misma visión ni los mismos valores en cuanto a qué es lo realmente importante que ellos puedan ofrecer a sus hijos. Eso les lleva a no quieran lo mismo, lo cual obviamente no ayuda. Pero casi siempre, la confusión radica en que no se hayan planteado con qué quieren equipar a sus hijos para el futuro. Piensan más en la futura carrera o trabajos y puestos posibles para ellos. Pero no han visualizado qué tipo de adulto les gustaría que llegaran a ser sus hijos y qué aptitudes y habilidades quisieran que hubieran desarrollado para entonces. Y muchas veces carecen de herramientas para llegar a un acuerdo en donde el objetivo central sea el bienestar del niño.

A esta confusión se agrega su propia programación que proviene de lo que es la norma en la sociedad, la presión de familiares, amigos y vecinos. Pero más impactante todavía, es la programación que recibieron durante su propia escolarización.

He escuchado a muchos papás decirme que saben que la escuela convencional no es lo mejor, pero sin excepción me dicen en la misma frase que “bueno, no está tan mal porque yo sobreviví”. Sí, querido lector. Lo sobreviviste. Pero quien hubieras podido ser hoy en día si hubieras tenido la oportunidad de crecer y aprender diferente, nunca lo sabrás.
Hay padres que tienen la certeza de que la educación que se ofrece en la escuela no es la adecuada para sus hijos, pero después de tantos años de su propia escolarización, no logran ver cuáles sí son buenas opciones. Esto pasa porque muchas veces están cegados por el miedo a decidir, pánico a salirse de la norma, terror de no pertenecer a la masa social.

En ciertas circunstancias, ¿no es claro que la responsabilidad de la educación de los hijos, es de la madre o el padre, de ambos o de ninguno? Algunos quieren “lo mejor para sus hijos”, siempre y cuando ésto no represente disminuir los ingresos familiares en caso de que alguno de ellos deba quedarse en casa para dedicar toda su energía a conseguir esa “mejor educación para sus hijos”. En ésta misma línea, hay ocasiones en que ninguno está dispuesto a sacrificar su tiempo para asumir ésta labor de la educación disfrazando la situación con “pago la mejor escuela de la ciudad para que mi hijo reciba lo mejor”.

Por esa razón quisiera exponer aquí lo que aprendiste en la escuela, fuera de los conocimientos académicos que imparten los maestros basándose en los planes de estudio (si es que te quedan algunos).

Aprendiste primero a no respetar tus necesidades más básicas. No puedes ir al baño cuando necesitas, ni tomar agua al tener sed. Tampoco tienes el derecho de mover tu cuerpo tal y como lo necesita, porque te tienes que quedar sentado cuando en realidad tu cuerpo está hecho para estar en movimiento casi constante. (El hecho de que la motricidad gruesa desarrolla el neocórtex, la parte racional, lógica e intelectual del cerebro, es algo que desconoce la mayoría de los maestros.) En realidad, con frecuencia hasta significa ser obligado a hacer cosas para las cuales no estás neurológicamente desarrollado: como leer, escribir y hacer matemáticas a una edad demasiado temprana.

Luego aprendiste a que tu opinión no tiene ningún valor. La persona que habla y se expresa es el maestro. Lo que piensas tú no es importante y no le interesa a nadie. Debes quedarte callado y escuchar. Aprendiste a callar esa voz interna y obedecer sin cuestionar.

Como nadie te escucha a ti, aprendes también que tú como persona no eres importante. No se valora ni lo que piensas ni lo que vienes a ofrecer en este mundo. Tu unicidad como ser humano no importa, y por ende tus talentos, tus intereses y pasiones tampoco tienen una razón de ser. Lo grave es que aprendiste a reproducir este comportamiento con tus hijos y a basarte en él para educarlos.

Lo que aprendes también es a obedecer a la maestra y hacer lo que ella te pida, te guste o no. Si no te gusta el ejercicio, porque es aburrido o porque no lo entiendes e intentas evitarlo y/o protestas, te regaña y te pone una etiqueta: no colaborativo, flojo, incapaz, difícil, retador, con actitud negativa, con déficit de atención, hiperactivo, etc.

Si tú tomas una iniciativa propia: pintas un árbol con tronco amarillo y copa rosada, vas al baño, te levantas y vas a otro lugar, o hablas con tus compañeros, también te corrige la maestra, te llama la atención y te regaña. Si tienes la capacidad de reprimir tus iniciativas y gustos e intereses propios, aprendes rápidamente a ya no tomar iniciativas ni a ser creativo. Si no tienes esa capacidad te tachan para siempre como un niño rebelde y difícil. Aprendiste a que hay una estrecha relación entre iniciativa y fracaso… el tan temido fracaso.

Aprendes que lo que haces y produces en la escuela es lo importante, no quién eres. Todo lo que sale de ti se mide y se valora a través de calificaciones. Aprendes que es muy importante tener una respuesta correcta y haces “bien” las cosas, porque las calificaciones lo son todo. Si cometes errores estarás castigado, con malas notas. Aprendiste a tener la cabeza y el corazón inmersos en la obligación, en la evaluación. Eso no te da tiempo para mirar qué hay en el futuro, o si vas a buen puerto, o por lo menos al puerto que quieres ir… y muchos se preguntarían: ¿podría escoger yo el puerto?

Aprendes que los adultos no confían en tí, que a través de los castigos y recompensas los adultos quieren controlarte y manipularte a hacer las cosas que ellos valoran. Es como si tu propia motivación intrínseca fuese inexistente, igual como tu capacidad de aprender. Y como no confían en ti, pues tú tampoco aprendes a confiar en tí.

Estas son nada más algunas cosas que aprendes en la escuela convencional, fuera de lo formalmente estipulado. Forman parte de la agenda secreta del sistema educativo, basado en los fundamentos del Industrialismo, donde nunca les interesaba enseñar algo valioso a los niños, sino formar a ciudadanos obedientes.

Ahora, si lo piensas bien, ¿crees que esto no te ha afectado en algún aspecto de tu personalidad, tu carácter o de tu vida? ¿Crees realmente que “sobreviviste” y que saliste sin daños de tu escolarización?

Yo sé que no. Pero como tú tal vez no lo sabes, te voy a contar exactamente en qué te afectó.

Lo primero que pasó es que aprendiste a no escucharte, ni a tus necesidades físicas básicas ni a las emocionales. Seguramente sabes faltarte al respeto de muchas maneras: comer demasiado aunque el cuerpo esté satisfecho, o al contrario, no comer aunque tengas hambre. No descansar y priorizar tu sueño. No moverte lo suficiente a pesar de que tu cuerpo esté gritando que necesita movimiento. Es muy probable que no desarrollaste mucho tu intuición simplemente porque nunca fue valorada, así que igual te encuentras en una relación inadecuada o en un trabajo que no te gusta, motivado por razones completamente externas a tu ser.

Esto te llevó a una pérdida bastante temprana de la auto-estima (si es que acaso la tuviste). No te sientes valioso por lo que eres sino sólo por lo que haces o produces. En general, eso está en relación directa con cómo se ve tu puesto laboral, a qué te dedicas y cuánto ganas. Si tienes un “buen puesto” y si ganas bien, entonces sí vales. Si no, no. Puede que tengas dificultades en la comunicación, pues si nunca fuiste escuchado, igual te cuesta escuchar al otro. Y tal vez por eso hablas más fuerte de lo necesario, porque quieres asegurarte de que ahora sí te escuchen.

Como no has aprendido a ser escuchado, igual te cuesta escucharte a ti mismo. No sabes lo que son tus intereses, pasiones y talentos, porque no fueron observados y valorados, y la verdad es que ni tuviste en ningún momento el tiempo de desarrollarlos. En la escuela no se pudo, y en tu tiempo libre estabas ocupado con tareas, clases extras y preparación de exámenes. Y como aprendiste a obedecer, perdiste tu propia iniciativa y creatividad, porque quien toma iniciativas y es creativo, es castigado. Mejor ni intentarlo, además, porque ya desarrollaste un pavor a equivocarte. Mejor hacer lo que sabes hacer bien. Tomar el riesgo de hacer algo desconocido es peligroso. Y así perdiste tu motivación intrínseca. Prefieres no correr el riesgo y así te vas auto-limitando en la vida, quedándote dentro de una zona de confort, cómoda pero limitante. Lo más probable es que ni sepas bien qué quieres o qué deseas de la vida. Y te preguntas ¿por qué no dejo ese trabajo que no me gusta, por qué no salgo de esa relación nociva o, por qué no me mudo y vivo mi sueño?

Claro que sí hay los que lo hemos logrado y que sí vivimos nuestros sueños. Pero no conozco a ningún adulto que no haya sido dañado de una u otra manera por el sistema educativo convencional.

Entonces, ¿qué es lo que realmente deseas para tus hijos? ¿Qué se acoplen a la sociedad tal y como está en este momento? ¿Qué tengan una “buena carrera” de la cual puedas estar orgulloso? ¿Qué obtengan puestos bien pagados para que tú puedas contar a tu familia y a tus amigos qué tan sobresalientes son tus hijos?

Tal vez todo esto no te resuene. Tal vez sí preferirías equipar a tus hijos para otro tipo de vida en el futuro. Entonces, ¿en qué necesitarías enfocarte? Te lo voy a compartir:

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Necesitas empezar a confiar en la capacidad innata de tus hijos para aprender lo que necesiten para lograr una vida exitosa (sea lo que sea para ellos). Necesitas confiar en que su motivación intrínseca, no dañada por castigos y recompensas, les va a llevar adonde quieran. Necesitas examinar si realmente crees que sabes mejor que ellos, qué necesitan en sus vidas, y por qué lo crees. También necesitas observar si estás poniendo expectativas demasiado altas en su comportamiento y en sus capacidades. También necesitas cuestionar tus propias creencias y las programaciones que te llevaron a creer que “es normal que un niño de cinco años sepa leer y escribir, porque si no, nunca aprenderá”, o que “necesitan estructura para aprender y a un adulto que los supervise para que el aprendizaje suceda” .

Para concluir, necesitas cuestionar lo que realmente es importante para poder llevar una vida realmente exitosa:
¿Aprender una disciplina interna basada en una motivación intrínseca o una disciplina externa basada en castigos y recompensas?
¿Aprender a controlarse uno mismo o a ser controlado por otro?
¿Saber tomar iniciativas, resolver problemas y crear lo nuestro, o obedecer lo que dicta el jefe, el entorno y la sociedad?
¿Confiar en nosotros mismos y en nuestra capacidad o siempre necesitar recurrir a una autoridad externa?
¿Sabernos escuchar y poder satisfacer nuestras propias necesidades o intentar siempre satisfacer las de la sociedad?
¿Sentirnos plenos, felices e importantes por quienes somos o por lo que producimos?

Todas estas preguntas y cuestionamientos las tienes que hacer al elegir cuál es la “mejor educación” para tus hijos. Si no lo haces te quedarás en la confusión, porque como la mayoría, estás seguramente conflictuado entre una vocecita muy débil que te pide que la escuches y entre el miedo que grita a toda fuerza que no te salgas de la norma. Es demasiado fácil callar esa vocecita y adaptarte a las normas de la sociedad. Pero, ¿es realmente lo mejor para tus hijos?

Antes no había muchas opciones educativas fuera del sistema convencional. Dependiendo de dónde vives puedes elegir entre las pedagogías progresivas (Montessori, Waldorf, Freinet, etc.) o puedes decidir tomar el paso de apostarle a la educación sin escuela: homeschooling o educación libre y auto-dirigida. Elijas lo que elijas necesitas actualizarte y entender qué implica cada una de estas opciones.

Yo tengo mi propia opinión acerca de lo que es la “mejor educación” para los niños de este mundo, y ya dejé que mi hijo decidiera lo que él quería: auto-dirigir su aprendizaje.
He tenido que cuestionarme miles de veces, confrontarme con las programaciones del miedo a equivocarme y cometer errores graves. Pero ya superé todo eso.
Y tú, ¿qué piensas hacer?

Cuando valores obsoletos dirigen la educación

¿Por qué hay materias? ¿En qué se basa la fragmentación de materias cuando en el mundo, fuera de la escuela, no está fragmentada de ésta manera? ¿Es realmente bueno segmentar el día escolar por períodos de 40 minutos? ¿Tenemos todos que aprender dentro de las paredes de la escuela? ¿Es justo que otra persona ajena al niño decida lo que debe aprender? ¿En realidad los niños no pueden aprender sin el control y la dirección de los adultos? ¿Habrá otras maneras de dividir a los niños, en vez de por edades? ¿Son las tareas realmente necesarias para que aprenda un niño? ¿Son los exámenes la mejor manera de medir los conocimientos de un niño? ¿Por qué creemos que otra persona ajena al niño puede evaluar mejor sus conocimientos que el niño mismo? ¿De verdad se tiene que calificar un proceso de aprendizaje? ¿Por qué se piensa que la escuela tiene el monopolio del aprendizaje?

Históricamente, a partir del enfoque en la productividad del Industrialismo, surge la creencia de que es necesario medir y clasificar los conocimientos de las personas. Qué se mide, cómo se mide y para qué se mide, y tal vez sobre todo por qué, es, según mi opinión, uno de los errores principales del sistema educativo convencional. No sólo afecta negativamente el proceso de aprendizaje a nivel individual, sino también lo que se enseña en las escuelas convencionales, cómo se enseña y cómo se aprende.

El enfoque va desde que el niño debería de tener el derecho de aprender, a que tiene que aprender, no sólo lo que se estipula, sino a un ritmo que otros dirigen. Pero… aprendemos a ritmos diferentes, tenemos talentos, intereses y pasiones distintos. Si una escuela pretende ser democrática todos los niños deberían tener el derecho de aprender lo que más deseen, a su propio ritmo, y de la manera que más convenga a cada uno.

Cuando valores obsoletos dirigen el aprendizaje

Sin importar qué y cómo aprendemos, el aprendizaje es un proceso que funciona más o menos de la misma forma para todos: aprendemos una cosa, todo bien. Aprendemos algo nuevo que se basa en lo ya aprendido, y de repente lo que ya habíamos aprendido toma una nueva forma en nuestro entendimiento. Lo que ya pensábamos saber, toma tonos nuevos. Muchas veces, en el entorno escolar, esto se ve como si no hubiéramos entendido nada, porque empezamos a mezclar los conceptos aprendidos, pero eso es un malentendido. Sólo es el cerebro que está asimilando los nuevos conocimientos. En ese proceso de aprendizaje, debemos de tener el derecho de equivocarnos con frecuencia, porque esos errores sólo señalan que estamos aprendiendo a un nivel más profundo. Por esa razón los errores son importantes y positivos.

Sin embargo, si sólo nos enfocamos en medir los resultados de lo que un niño está logrando por el momento, los controles de conocimientos en forma de exámenes, con frecuencia darán una imagen tergiversada de lo que el niño realmente entiende y sabe. No podemos medir un resultado y confiar en que refleje la realidad cuando una persona está en medio de un proceso de aprendizaje.

La caza de resultados impide el proceso de aprendizaje en muchos niveles. Al estancarse en un nivel, lo mejor que uno puede hacer es soltar la materia y dejar que el cerebro descanse, en vez de forzar el aprendizaje (para esto, se pueden necesitar varias semanas). Mientras el cerebro descansa del aprendizaje activo, obtiene espacio para trabajar lo aprendido a otro nivel, sin que se le moleste. Lo que realmente sucede es que la información se procesa “solita”. Cuando volvemos a la materia unas semanas después, nos sorprendemos frecuentemente por todo lo que hemos podido procesar “sin trabajar”.

Cuando valores obsoletos dirigen el aprendizaje

Es sólo una de las razones de por qué es sano no tener tareas por las tardes. El cerebro necesita descansar para asimilar los conocimientos. No necesita trabajar más, ya estuvo activo todo un día escolar. Además necesita ser estimulado de otras formas, y no solamente de manera intelectual: jugar, moverse, explorar libremente son cosas que son muchísimo más importantes para el desarrollo y el aprendizaje de un niño, que hacer tareas. Además: ¿qué adulto aceptaría trabajar extra sin ser pagado? ¿Cuándo vamos a entender que las tareas implican lo mismo para los niños?

En países como los Estados Unidos y México, el enfoque en tareas y exámenes han acaparado completamente la enseñanza y el tiempo libre de los niños: la mayoría de los maestros pasan su tiempo solamente preparando a los alumnos para los exámenes, en vez de enseñarles cosas que les sirvan para toda la vida. Esa perspectiva es tan corta y completamente ineficiente, no sólo desde una perspectiva de la sociedad sino también del individuo.

¿En qué consiste el valor de (a través de exámenes) medir y pesar la “productividad del aprendizaje” de los niños, para luego clasificarlos en compartimentos marcados “reprobado: malo, aprobado: bueno? Constantemente comparar a los niños entre ellos, manda señales extrañas de competencia y competitividad, donde los factores de motivación externa intentan controlar la motivación interna. Mientras no cuestionemos que ésta es una de las consecuencias de una escuela basada en una valorización obsoleta del ser humano, los exámenes y las calificaciones siempre se considerarán relevantes.

Al priorizar que lo más importante es ganar la competencia, factores de motivación externa siempre dirigirán al ser humano y al mundo. En una competencia uno se compara constantemente con los demás. Y en una competencia siempre hay más perdedores que ganadores. No entiendo cómo los sentimientos de desempoderamiento que surgen en los perdedores (la mayoría) en algún momento podrían crear algo positivo.

Cuando valores obsoletos dirigen el aprendizaje

Si el enfoque educativo fuera crear individuos capaces y enteros que cada uno pueda aportar algo valioso a este mundo, esta visión obsoleta ya no tendría ningún lugar en la sociedad. Y entonces podríamos abrirnos a una forma muy distinta de valorar al ser humano.

Con la revelación de que todos los seres humanos, durante nuestras vidas, nos encontramos en un desarrollo constante donde es imposible terminar de aprender, necesitamos aceptar que un proceso no se deja medir. Porque, ¿cómo se vería ese flexómetro? Y ¿quién tiene realmente la capacidad para juzgar dónde, en la escala, otra persona se encuentra?

Cuando dejamos que valores obsoletos dirijan el aprendizaje, es fácil perder el enfoque.
Podríamos mejor pensar a largo plazo, y concentrarnos en que lo más importante debería ser que los niños aprendan lo que necesiten y lo que realmente les sirva en la vida: de una manera y a un ritmo que funcione para cada uno.

¿Cómo se defenderán mis hijos desescolarizados en el futuro?

Es difícil salirnos de nuestra mentalidad escolarizada, de empezar a pensar en una dirección completamente opuesta. Con frecuencia me topo con padres y madres que se preocupan por las futuras consecuencias de haber elegido (o si eligieran) el camino de la desescolarización y la educación auto-dirigida como opción para sus hijos. ¿Qué tal si sus hijos de adultos se quejaran y los acusaran de haberlos privado de una “verdadera” educación? Y, ¿qué pasaría después, cuando fueran grandes, cómo podrían defenderse en el futuro si nunca fueron a la escuela?

Cuando vas de escuela a “des-escuela”, inicias un cambio de paradigma, de modelos y patrones mentales y culturales. Es un proceso que exige que tú te tengas que desescolarizar (deschooling en inglés). Has entendido que la escuela convencional ya no sirve. Tal vez también te has dado cuenta de que lo que aprendiste en la escuela, en su mayor parte, no son conocimientos que usas activamente en la vida. Quizá hasta estés cuestionando por qué ciertas personas (en este caso, los adultos) son considerados más capaces para decidir por otras personas (los niños) sobre qué conocimientos hacen falta en la vida. Sea como sea tu caso personal, te aseguro que cargas todavía con un montón de programaciones que necesitas examinar, analizar y entender antes de poder deshacerte de ellas. Porque no es hasta entonces que vas a poder tomar el paso y hacer lo inimaginable: soltar el control de tus hijos y empezar a confiar en que son más que capaces de decidir cómo quieren vivir sus vidas y desescolarizarlos (unschooling en inglés).

¿Qué implica realmente dejar que tus hijos sean desescolarizados y auto-dirijan su propia educación?

¿Cómo se defenderán mis hijos desescolarizados en el futuro?

Sobre todo, implica que tú observes a tus hijos y que escuches sus necesidades. Eso puede ser aterrador, sobre todo cuando tus hijos quieren hacer algo que a ti, por la razón que sea, no te parece. Tú como madre o padre, necesitas apartarte de su camino, y estar dispuesta/o a brindarles un máximo de apoyo, al mismo tiempo que minimices tu propia interferencia en su proceso. Aún cuando quieran hacer algo que va en contra de lo que tú crees que es mejor para ellos.

Si, por ejemplo, estás completamente convencido/a de que el sistema educativo convencional es dañino, y estás desescolarizando a tus hijos, y de repente te dicen que quieren ir a una escuela… ¿Qué haces? ¡Ni modo! Tienes que dejar que lo prueben y no importa si tú estás en contra. Los principios de la desescolarización implican que tú, como padre o madre apoyes las necesidades y los intereses de tus hijos. Si quieren ir a la escuela, no puedes negárselo. Conozco a varios niños desescolarizados que han decidido probar ir a la escuela y que nunca jamás quisieran regresar ahí. Y conozco a uno (nada más uno hasta ahora) que eligió quedarse en la escuela convencional.Tú como madre o padre, necesitas apartarte de su camino, y estar dispuesta/o a brindarles un máximo de apoyo, al mismo tiempo que minimices tu propia interferencia en su proceso. Aún cuando quieran hacer algo que va en contra de lo que tú crees que es mejor para ellos.

La cosa es: si estás desescolarizando a tu hijo, tú no tienes el derecho de tomar esas decisiones en su lugar. Ya hiciste el pacto de dejarle la libertad y la posibilidad de tomar sus propias decisiones, sin que importe tu voluntad (tu opinión la puedes compartir si ellos te la piden). Y es aquí donde frecuentemente, las viejas programaciones chocan con los nuevos paradigmas. Porque van completamente en contra de cómo educa la mayor parte de los papás a sus hijos.

Siempre hay otros caminos y más opciones

¿Cómo se defenderán mis hijos desescolarizados en el futuro?

Muchas veces vivimos en países donde la escuela es obligatoria. Eso nos deja la impresión de que sólo hay un camino posible, y que sólo ése es el correcto. De vez en cuando me preguntan qué sería de mi hijo si no se graduara, porque según mi creencia no podría estudiar una carrera universitaria. De lo que no se dan cuenta, es que en casi todos los países hay un montón de alternativas para que una persona que nunca ha ido a la escuela, pueda estudiar en la universidad, si así lo desea.

Si mi hijo Teo quisiera, podría validar primaria, secundaria y preparatoria aquí en México donde vivimos. Para eso existe el Instituto Nacional de Educación para los Adultos. O podría ir a otro país y hacerlo allá. Hay universidades en el mundo que tienen exámenes para entrar, para los cuales quien quiera se pueda presentar. O quizá Teo no elija nada de eso, porque ya aprendió que tiene la capacidad de crear su vida exactamente tal y como la desea.

Al inicio yo también me estaba preguntando cómo iba a ser para él. Hasta que comprendí de que realmente no tenía que ser mi preocupación, porque no se trata de mi vida. Es la vida de mi hijo y son sus elecciones. Si en un futuro Teo elige validar sus estudios, lo podrá hacer. Y si requiere de mi ayuda, se la brindaré con mucho gusto. Pero yo no me necesito preocupar. ¡Veo qué tan capaz es a los doce años! Por supuesto que logrará todo lo que querrá y se propondrá cuando sea adulto.

El mundo está cambiando y eso afecta las posibilidades laborales también

¿Cómo se defenderán mis hijos desescolarizados en el futuro?

El mundo en el cual vivimos está cambiando a una velocidad alucinante. Ya no necesitas, por ejemplo, una oficina. Puedes trabajar desde donde quieras. Y las posibilidades de generar ingresos han aumentado enormemente, en especial para las personas creativas, innovadoras, responsables, con toma de iniciativas y pensamiento crítico. Las cuales son capacidades que nadie desarrolla en la escuela. Pero para un niño que auto-dirige su propia educación son capacidades básicas.

Necesitamos entender que ya no son los conocimientos en sí mismos los que se valoran en el mundo profesional, porque puedes aprender conocimientos en el momento que te plazca. Lo que priorizan las empresas innovadoras son justamente todas las cosas que los niños desescolarizados sí aprenden. Porque han tenido amplias oportunidades de tomar sus propias iniciativas y decisiones, evaluar las consecuencias de esas iniciativas, cometer errores, aprender a tomar decisiones más adecuadas y hacerse responsables de las secuelas de sus propias iniciativas. Esto los vuelve mucho más capaces que los niños escolarizados, que desde una edad temprana sólo han aprendido a hacer lo que un adulto les pida.Es importante recordar, que lo que todavía no sabemos, lo podemos aprender cuando queramos y/o lo necesitemos. Nunca es “demasiado tarde”.

Aunque tu hijo desescolarizado elija tener un empleo, o sea su propio jefe, o cree una empresa, no sólo habrá desarrollado las capacidades necesarias para lograrlo.También habrá tenido la capacidad de ser ágil y habrá podido cambiar, transformarse y adaptarse en el camino. Porque eso hacen todos los seres creativos.

¡Nunca es demasiado tarde para aprender!

¿Cómo se defenderán mis hijos desescolarizados en el futuro?

Es importante recordar, que lo que todavía no sabemos, lo podemos aprender cuando queramos y/o lo necesitemos. Nunca es “demasiado tarde”. Los seres humanos aprendemos constantemente, es un motor innato en todos. De hecho, es imposible no aprender. Piensa en todo lo que has aprendido como adulto, en tu tiempo libre, en tu trabajo o sólo a través de vivir. Cosas que no pudiste aprender en la escuela, o cosas que no te interesaban de más joven. Son cantidades enormes de aprendizaje en casi cualquier adulto.

Yo personalmente he aprendido todo lo que quería cuando realmente lo necesitaba o cuando tenía curiosidad o interés, y con frecuencia en el camino mismo. Además, de todo a lo que me dedico hoy, no hay ni una cosa que aprendí en la escuela. Si realmente nos auto-examinamos, nos damos cuenta de que no, no estamos utilizando activamente cada día lo que aprendimos en la escuela. Sin embargo nos cuesta infinitamente soltar esas viejas programaciones que nos dicen que los niños sí tienen que ir a la escuela, y que las calificaciones sí importan.

Como padre o madre de hijos desescolarizados, tu trabajo es crear las mejores circunstancias para que ellos puedan tomar sus propias decisiones y las iniciativas que quieran. No puedes bloquear el camino del aprendizaje de tus hijos, y eso lo harás cuando intentes controlar qué, dónde, cómo y cuándo aprenden.

Soltar el control y empezar a confiar en que sí son capaces, es algo de lo más difícil que hay, pero es el regalo más hermoso que podemos ofrecerle a cualquier niño. Eso es lo que le brindará la oportunidad de desarrollarse en un adulto creativo e independiente, autónomo y capaz de resolver todos los retos que llegan en la vida: incluyendo a qué dedicarse en el futuro, y también cómo lograrlo. ¿Qué más podrías desear para tu hijo?

Libertad bajo responsabilidad

Frecuentemente, cuando hablo con otros papás y mamás acerca de la educación auto-dirigida, surge la pregunta de si no hay límites, si realmente significa dejar que los niños hagan todo lo que quieran.

Es una pregunta más que válida, y dentro de esa pregunta también existe un miedo muy grande:

Los adultos se imaginan que sin dirección e imposición de su parte, habrá un caos total, donde cada niño hace lo que quiere sin siquiera reflexionar en cómo su comportamiento puede afectar a los demás. Un poco como en El Señor de las Moscas.

Y eso es efectivamente lo que suele pasar en las escuelas tradicionales, porque ahí no se priorizan las mismas cosas que en la educación auto-dirigida.

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Tener libertad conlleva mucha, pero muchísima, responsabilidad. Y no equivale a una “carta en blanco“, o sea, una licencia para hacer todo lo que uno quiera.

Como cualquier ser humano todos necesitamos aprender a vivir en una sociedad donde hay reglas y expectativas. Y tenemos que aprender a llevar nuestra vida de tal modo que sepamos generarnos autosuficiencia y, ojalá, felicidad.Todo eso, siempre y cuando respetemos a los demás. Esto se aprende viviendo la vida, en nuestra familia y en la sociedad. Y los niños desescolarizados no son ninguna excepción ya que participan en la vida real (y con frecuencia mucho más que los niños escolarizados).

A lo que voy es, como un ser libre, podría yo potencialmente entrar en una tienda y robarme las cosas o el dinero que hay ahí. Pero no lo haré nunca, porque sé que causaría mucho daño a los dueños de la tienda. Soy libre, pero sé cómo usar esa libertad. La responsabilidad mía es usarla de tal modo que nunca dañe a otro ser vivo.

Así que, para responder a la pregunta inicial: En la educación auto-dirigida, ¿les dejamos hacer todo lo que quieran?, las respuestas podrían ser: sí y no.

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En general, en una escuela que se basa en la educación auto-dirigida (como por ejemplo en los Centros de Aprendizaje Ágil) hay expectativas muy claras y límites que los niños y jóvenes aceptan para poder participar. Los límites suelen basarse en ciertas medidas de seguridad, de legalidad y el respeto hacia uno mismo y hacia los demás. Mientras cumplan con esas medidas, un niño o joven será apoyado en su búsqueda o exploración. Significa en la realidad que los niños y jóvenes tienen un montón de libertad.

Lo mismo suele suceder en las familias que prefieren hacer unschooling con sus hijos, o sea desescolarizarlos, en vez de mandarlos a una escuela.

El punto es, cuando ponemos énfasis en las buenas relaciones entre todos, no hay mucha necesidad de generar “reglas” impuestas por los adultos. Se trata de crear una cultura, dentro de la familia y en la escuela, donde todos nos cuidamos entre todos.

Creo que todos estaremos de acuerdo con que esto no pasa en el sistema educativo convencional, donde el enfoque único es la memorización de materias, el control de esta memorización bajo la forma de exámenes, y la calificación de este control: las boletas. No importa el bienestar emocional de los niños. Existe bullying de parte de los maestros hacia los alumnos y entre los alumnos mismos, y muy pocos adultos tienen los conocimientos y la experiencia para crear un ambiente emocionalmente seguro.

Todo esto crea un clima de competencia, y en una competencia el único enfoque que importa es ganar. No importa cómo, y no importa si uno lastima a otro en ese afán.

Al contrario, en la desescolarización, cuando las dificultades se presentan, utilizamos herramientas que se basan en un respeto profundo hacia cada niño, tales como: la comunicación no-violenta; la resolución de conflictos; la validación de emociones etc.

Libertad Bajo Responsabilidad

La gran consecuencia de eso es, que para poder apoyar a nuestros hijos de la manera más respetuosa y funcional, nosotros como adultos tenemos que estar dispuestos no sólo a crecer, sino a retar a los modelos bajo los cuales fuimos educados. Una crianza y educación autoritarias pueden cambiar por un verdadera socialización con los niños y los jóvenes. Y eso es realmente el reto más grande de todos.

Si queremos que nuestros hijos aprendan a usar su libertad de una manera respetuosa y responsable, nosotros como padres y madres tenemos cambiar de modelos para volvernos los ejemplos que nuestros hijos merecen. Aprender a confiar. Dejar de sobreproteger. Aprender a escuchar primero. Dejar de imponer. ¿Tú quieres que tus hijos se vuelvan respetuosos hacia los demás? Empieza tú con la práctica de respetarlos a ellos como los seres libres que son, y ya verás.

Dela det här:

¿Cómo se ve realmente cuando los niños aprenden?

Mi hijo Teo tiene doce años, y durante dos años ha estado bajo un proceso de desescolarización (unschooling) y educación auto-dirigida. Tiene Síndrome de Asperger, y según lo que he entendido de las opiniones de otros papás con hijos con SA, “debería de tener un día sumamente estructurado para poder funcionar en la vida”. Nada podría ser más lejos de la realidad.

Cuando Teo, por iniciativa propia, se salió de la estructura bastante rígida que la escuela impone en los niños, y de repente tuvo la libertad de él sólo decidir cómo y para qué quería utilizar su tiempo, entonces, un montón de cosas emocionantes empezaron a suceder.

Como se ve realmente

Al tener esa libertad, por fin pudo empezar a dedicarse a las cosas que más le gustan en la vida, que en su caso son: construir con legos, dibujar, jugar juegos de computadora, leer una cantidad asombrosa de libros, perfeccionar su inglés, ver videos de YouTube donde aprende un montón de cosas que le interesan (últimamente mucho sobre tecnología primitiva), tomando iniciativas creativas basadas en estos videos.

En todas las áreas donde ha enfocado su energía, ha sacado una cantidad enorme de conocimientos, puesto que puede poner todo su tiempo y energía en eso. El resultado es que para su edad, Teo sabe muchísimo de una gran variedad de áreas. Todos los adultos que tienen la oportunidad de convivir con él se sorprenden de sus conocimientos amplios, su pensamiento crítico, su capacidad de reflexionar y su incesante curiosidad.

Como se ve realmente

Ya que yo opino que cada actividad humana conlleva un aprendizaje, no me importa mucho exactamente en qué Teo se enfoca. Es obvio que aprende y que su curiosidad está aumentando. ¿Estará aprendiendo lo que otros niños de su edad aprenden? Pues, con toda certeza: ¡no! Pero, ¿por qué pensamos que los planes de estudio elaborados por adultos pueden garantizar mejor que los niños aprendan lo que necesitan en la vida, que las propias elecciones de los mismos niños? ¡Ah, claro! Porque hemos sido programados para creerlo a través de nuestra propia escolarización.

Pero no estamos conscientes de que exista tal programación y que es nuestra propia experiencia de escolarización la que está detrás de esta manera de pensar, y que ha dado forma a nuestras ideas y creencias acerca de cuáles son las condiciones óptimas para aprender. La programación se ve más o menos así:

  • “Siempre debe de haber un experto que motive al niño a que aprenda lo que tiene que aprender, si no, no va a aprender dicho niño lo estipulado.
    Los adultos siempre saben más que el niño, y saben exactamente lo que el niño necesita saber en la vida. Por esa razón, los adultos siempre tienen que ser los que decidan el contenido de lo que se tiene que aprender.
  • Puesto que los niños no pueden aprender solos (“es muy difícil motivarlos”), el aprendizaje tiene que ser supervisado y lo aprendido controlado (exámenes), de preferencia también medido (calificaciones).
  • Es sumamente difícil aprender nuevas cosas, y consecuentemente, los niños necesitan tener tarea para practicar mucho, si no, no van a aprender.
  • Ya que es tan difícil aprender, el día del niño necesita tener una estructura muy clara (horarios fijos con materias y asignaturas). No puede haber nada de distracciones de ningún tipo, porque eso impide que el aprendizaje tenga lugar.
  • Si no están todos estos ingredientes, el niño “no puede desarrollar la disciplina necesaria que se requiere para funcionar como adulto”.

Más o menos así está programada la mayoría de los adultos que yo conozco. Ya que parecen no estar muy conscientes de dicha programación, se complica obviamente que la cuestionen. Escucho comentarios de muchas personas, y casi siempre se escuchan igual: “Pero los niños no pueden aprender si no hay disciplina”, o “Si yo no estoy supervisando a mi hijo no hace absolutamente nada”, o “Si yo dejo a que mis hijos hagan lo que quieran, sólo juegan“.

Cuando un niño va a la escuela, tiene que renunciar a su autonomía y a sus propios intereses en favor de:

  1. La agenda del maestro y los planes de estudio.
  2. El hecho de que todos los niños deben aprender lo mismo en el mismo momento.
Como se ve realmente

Si al niño no le interesa la asignatura, o no ve ningún beneficio de ella para su propia vida, o siente que aprende mejor solo, o que va demasiado lento en la escuela, o al contrario, que va demasiado rápido, o que, simplemente, no funciona muy bien en un grupo grande, puede volverse un reto enorme para el maestro motivar al niño a que aprenda lo que estipulan los planes de estudio.

Niños sin motivación son un desafío para cualquier maestro, pero puesto que la realidad del sistema educativo público se ve así, tal vez la creencia de que, “tiene que haber disciplina impuesta por parte del adulto”, no sea tan rara.

El problema es que faltan un par de entendimientos básicos:

  • La programación con la cual cargan muchos adultos acerca de cuáles deben de ser las circunstancias óptimas para que aprenda un niño, se basa en cómo funciona el aprendizaje en las escuelas. No significa para nada que esa sea la mejor forma en la que aprenda el ser humano, biológica y neurológicamente hablando.
  • Muy por el contrario,los bebés aprenden en general a caminar y a hablar (uno o varios idiomas) sin que ninguno de estos criterios hayan sido cumplidos. ¿Cómo puede ser esto posible, cuando ambas capacidades son consideradas entre las más difíciles para nuestra especie? Mucho más difíciles que aprender a leer y a contar.

Para mi es un misterio que confiemos más en la capacidad de los bebés de aprender, que en la capacidad de los niños más grandes. Pero me imagino que tiene que ver con esa misma programación. Dependiendo de la edad a la que empieza la educación obligatoria, los adultos vamos perdiendo la confianza de que nuestros hijos son más que capaces de aprender sin imposición y control por parte de los adultos.

La consecuencia es que los adultos generalmente creen que las actividades de los niños tienen que ser dirigidas y supervisadas. Si no, el niño no aprenderá nada de “utilidad”. Y la mera definición de lo que es “útil”, la ponemos nosotros los adultos. No creemos que los niños sean capaces, por sí solos, de aprender, sobre todo si no van a la escuela. Por eso, en tantos países la escolarización es obligatoria, ya que “sin escuela, no hay aprendizaje”.

Como se ve realmente

Todo esto conlleva a que los adultos no tengan la capacidad de reconocer cómo se ve cuando un niño está realmente aprendiendo. Y eso puede afectar muy negativamente a todos esos momentos de verdadero aprendizaje, ya que es justo ahí cuando los adultos en general interfieren e interrumpen las actividades de los niños.

Personalmente tengo la gran oportunidad de, no sólo seguir el desarrollo de mi propio hijo desde que empezamos el proceso de desescolarización. Además, dirijo un Centro de Aprendizaje Ágil para niños y jóvenes que se basan en los principios de la educación autodirigida. Esto me ofrece la posibilidad de observar cómo se ve y cómo funciona, cuando niños y jóvenes aprenden por motivación propia, sin interferencias e imposiciones de parte de los adultos.

Cuando un niño es dueño de su propio aprendizaje, suele implicar que a veces brinque de una actividad a otra, otras veces, que se encuentre profundamente enfocado y concentrado, y en otras ocasiones que descanse enfocándose en otra cosa, y así sucesivamente. Como todo depende de todo, y una información no llega nunca separada de otra información (aunque eso puede ser difícil de creer después de años en el mundo escolar, fragmentado en diversas asignaturas), significa que al dirigir su propio aprendizaje, el punto de partida no necesariamente va a coincidir con el punto de llegada.

En general esto se ve como “puro juego”. Y es lo que es. El niño juega, se divierte, disfruta, solo o junto a otros. Y aprende muchísimas cosas que muchos adultos ni pueden percibir por falta de conocimientos acerca de lo que se aprende realmente en el juego libre: creatividad, toma de iniciativas, concentración, determinación, perseverancia, resiliencia, resolución de problemas y de conflictos, socialización, pensamiento crítico y científico, matemáticas y lecto-escritura.

Como se ve realmente

Todo esto, lo observo no sólo en mi hijo, sino en todos los niños que vienen a Explora. Mis colegas observan lo mismo que yo: los niños aprenden una tonelada de cosas, pero bajo formas lúdicas, placenteras y completamente autodirigidas. No hay obligaciones ni imposiciones. Parte de lo que hemos aprendido lo podríamos medir, si quisiéramos, pero no vemos ningún valor en eso. Lo principal es que estos niños están creciendo y desarrollándose en las áreas que han elegido ellos mismos. No estamos ahí para entretenerlos, controlarlos o supervisarlos. Nuestro trabajo consiste en apoyar a cada niño para que pueda ejecutar lo que quiere, sin intervenciones innecesarias. No cabe duda de si “tal vez estén aprendiendo”, es un hecho.

El punto es que, mientras la experiencia propia del niño es que se esté divirtiendo inmensamente al mismo tiempo que aprende un montón, para un adulto puede verse como una situación donde nadie puede aprender nada. “Solamente están jugando“, escucho a muchos decir.
La programación que nos hace creer que es difícil aprender, nos impide percibir que un niño aprende más justo cuando lo que hace es divertido. Nosotros mismos no precisamente disfrutamos de nuestra escolaridad, y erróneamente asociamos aprendizaje con algo aburrido y difícil. El caso es que, se vuelve en general difícil y aburrido cuando no hemos podido elegir la actividad o el área de interés, y/o cuando tenemos que aprender algo para lo cual no estamos todavía listos.

Si estuviera en mis manos reprogramar el entendimiento de los adultos, me encantaría que se viera así:

  • Cada persona es experta en lo que necesita saber y aprender en su vida. No importa la edad de la persona. La motivación llega cuando el niño tiene el control de su propio aprendizaje. Tu trabajo como adulto es confiar en la elección de tu hijo.
  • Un niño se conoce mejor que cualquier adulto. Sabe lo que le gusta y lo que quiere explorar. Por esa razón siempre debe tener el derecho de decidir qué quiere aprender. Tu trabajo como adulto es confiar en la capacidad de tu hijo.
  • Los niños aprenden perfectamente bien solos, y cuando son dueños de su propio aprendizaje no necesitan ninguna motivación externa. Por eso, tú como adulto no necesitas supervisar o controlar el aprendizaje. Tu trabajo como adulto es soltar el control, hacerte a un lado y confiar.
  • Es fácil aprender cuando uno tiene ganas, el cerebro está lo suficientemente maduro y cuando existe una necesidad. Por esta razón los niños no necesitan tareas. Practican lo que necesitan mientras están jugando y divirtiéndose. Tu trabajo como adulto es confiar en que tu hijo aprenda lo que necesite en el momento adecuado para él.
  • Ya que aprender es fácil, uno necesita dejar que el niño tenga la posibilidad de estructurar su día a su manera: dejar que haga lo que le llama la atención en el momento que elija. Si eso implica que haga una planeación desde la mañana, pues será maravilloso. Pero no tiene que seguir su planeación si surgen otras cosas en el camino, porque así pasa en la vida. O si, por el contrario, prefiere dejar que el día se desarrolle de manera espontánea, ¡es igual de maravilloso! Si el niño elige que haya silencio, música o algo más, eso es completamente irrelevante. Tu trabajo como adulto es confiar en la capacidad de tu hijo de crear las circunstancias más adecuadas para su propio aprendizaje.
  • Si no existen todos estos ingredientes, incluyendo los que ha definido Peter Gray, el niño no tendrá acceso a las circunstancias óptimas para aprender lo que necesita. Tu trabajo como adulto es proveerle de eso.

La escuela mata la creatividad

Sí, ya sé. Es el título de un TED talk muy famoso de Sir Ken Robinson. Y mi intención no era copiar el título, por muy bueno que sea.

He estado reflexionando sobre mis observaciones de este último año escolar, acerca de los niños escolarizados en comparación con los niños no escolarizados. Y llegué a exactamente la misma conclusión: la escuela mata la creatividad.

Cuando hablo con otros papás y mamás sobre este tema, veo que les cuesta creerme. Ven a una europea con opiniones muy radicales y vanguardistas en cuanto a la educación, y piensan que estoy exagerando. Reflexionan sobre su propia educación, y no siempre perciben que a ellos mismos les falta creatividad, o si lo ven, creen que es porque simplemente “no son creativos”.

Mi perspectiva es diferente. Por un lado, porque tuve la oportunidad de crecer en un sistema que era bastante autodirigido: la pedagogía Montessori. Así que, desde pequeña tuve la oportunidad de experimentar lo que significa tomar iniciativas, hacerme responsable de los retos que surgían (por esa misma iniciativa) y resolverlos siendo creativa.

Por otro lado, porque trabajo con niños y jóvenes (desde 2 a 12 años) en dos proyectos educativos que se basan en la Educación Autodirigida, y veo todos los días el contraste entre los niños que nunca han ido a una escuela tradicional y los que sí han ido, y/o todavía van.

Para citar a uno de mis facilitadores: “¡La diferencia es abismal!”

Me da tanto gusto que sea él quien lo diga, porque es un docente con muchos años de experiencia y sigue activo en el sistema público aquí en México. Estos antecedentes generan a veces más credibilidad en los papás, puesto que significa combinar su experiencia, pero con el enfoque que yo tengo (que “tal vez funcione en Europa, pero de este lado del mundo, pues, ¿quién sabe?”)

Pero,​ ​¿qué​ ​es​ ​lo​ ​que​ ​observamos?

Vemos que los niños que nunca han ido a un preescolar o escuela validada por el gobierno y que tienen papás “conscientes” (los educan de forma más respetuosa, confiando más en sus capacidades), son muy libres en su expresión. Significa que, expresan lo que piensan, sin miedo de ser corregidos, escuchan abiertamente y con curiosidad. También expresan unas infinitas ganas de explorar su entorno, lo que se traduce en una toma de iniciativa constante para crear lo que deseen en cada momento.

Teniendo la libertad de explorar, estos niños juegan por iniciativa propia de manera muy independiente y sólo piden ayuda o interferencia cuando sus intentos han fracasado demasiadas veces. En general, según mis observaciones, eso sucede más frecuentemente por fallas en la comunicación y en las negociaciones con sus compañeros, que en el juego mismo. Autogestionan su tiempo y autodirigen sus actividades. Es una belleza observarlos en acción.

¿Qué​ ​pasa​ ​entonces​ ​con​ ​los​ ​niños​ ​que​ ​ya​ ​fueron​ ​a​ ​un​ ​preescolar​ ​tradicional,​ ​aún​ ​si sólo​ ​fueron​ ​por​ ​un​ ​par​ ​de​ ​meses?

Lo que se nota de inmediato es la falta de toma de iniciativas. El niño o niña tarda en incorporarse al juego con los demás niños. En vez de ir a jugar de manera natural, se dirigen a las maestras preguntándoles qué deben hacer, qué va a pasar ahora, y con mucha frecuencia dicen: “Estoy aburrido/a. No sé qué hacer.”

Luego observamos que se restringen para poder satisfacer sus necesidades básicas. Nos puede confundir ese comportamiento y hacernos pensar que son niños “muy bien portados, muy educados”, porque para cada cosa piden permiso: “¿Puedo ir al baño? ¿Puedo tomar agua? ¿Puedo usar tal y tal juguete?” Pero, en realidad no es muestra de una buena educación, sino de una represión de sus necesidades y ganas, nada más.

Cuando yo veo esto en un niño de edad preescolar, me entristece. No puede ser que sea tan fácil moldear a un ser humano y que desaparezcan sus iniciativas y su libre expresión.

¿Con qué derecho los adultos hacen esto a los niños? 

En general es por pura ignorancia, y sé que si nunca has visto a un niño libre, igual crees que es completamente normal. Sí, se ha vuelto la norma, pero natural no lo es. Es producto de las escuelas basadas en un plan de estudios impuesto por adultos que, en realidad, desconocen sobre las necesidades reales de los niños y jóvenes y desconocen sobre cómo aprende a profundidad el ser humano.

Cuando un niño libre pinta, dibuja o trabaja con materiales artísticos, lo hace con gozo y con el fin de explorar colores, texturas y sensaciones.

Un niño que ha pasado tiempo en un preescolar tradicional lo hace con otra intención. Se detiene. Mira a los demás. Si ve algo que le gusta, lo copia. Y luego pregunta: “¿Quedó bien así? ¿Es bonito?” Porque ya aprendió que el proceso no importa, sino el resultado. Y pide siempre la validación del adulto.

El​ ​mismo​ ​patrón​ ​se​ ​repite​ ​con​ ​los​ ​niños​ ​más​ ​grandes​ ​y​ ​los​ ​jóvenes. Los niños desescolarizados tienen una expresión muy diferente a los niños escolarizados.

Los últimos se quedan sin hacer nada. Expresan aburrimiento y el “no saber qué hacer”. No tienen iniciativa, se quedan mirando al adulto en espera de que el adulto les resuelva su aburrimiento. Y cuando por fin se lanzan a hacer algo, en general están copiando a otros niños que ya supieron tomar iniciativa y crear algo propio. Puede ser hacer un dibujo o hacer una cabaña con palos y ramas, no importa, el patrón es el mismo: copian lo que ven, no crean algo por ellos mismos.

A diferencia, los niños desescolarizados se comportan de manera muy distinta. 

Tienen un propósito muy claro de lo que quieren lograr. Se lanzan al intento. Si fracasan demasiadas veces, buscan información de cómo lograrlo mejor (preguntando a un adulto o, con frecuencia, buscando la respuesta en internet). No cesan en sus intentos de crear lo que necesitan o lo que les emociona en el tiempo presente. Son definitivamente autodirigidos.

Y… es una belleza observarlos en acción.

Siempre he pensado que la escuela mata la creatividad. Pero después de este año de observaciones y tantas experiencias concretas con niños escolarizados y niños desescolarizados, tengo que admitir que estoy en shock. No sabía que era tan fácil matar su creatividad. No tenía idea de que, si empiezas a una edad temprana, el resultado es inmediato.

¿Pueden​ ​sanar​ ​los​ ​niños​ ​y​ ​recuperar​ ​su​ ​creatividad?

Sí pueden. Pero no siempre es fácil y es normal que tarden. Depende mucho de la actitud de los padres y madres, de qué tan conscientes sean y de qué tanto logren ellos mismos desescolarizar sus mentes y mejorar el comportamiento hacia sus hijos. Tenemos que aprender a confiar en la capacidad en nuestros hijos, hacernos a un lado y dejar que se aburran en vez de intentar resolverles su situación. Eso sólo lleva a que nunca sean capaces de hacerlo por ellos mismos.

Necesitamos también aprender a confiar en las elecciones de nuestros hijos, y no juzgar sus intereses como inapropiados, inútiles o superficiales. Eso les restringirá por completo para poder desarrollar su creatividad. Hay que recordar que aprender es natural y pasa todo el tiempo, y que cada actividad humana conlleva un aprendizaje. Es el derecho de cada niño y niña a decidir cuál es esa actividad, y qué es lo que necesita aprender. Si no, vamos a repetir el mismo error que las escuelas, matando la creatividad de los niños.