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La escuela mata la creatividad

Sí, ya sé. Es el título de un TED talk muy famoso de Sir Ken Robinson. Y mi intención no era copiar el título, por muy bueno que sea.

He estado reflexionando sobre mis observaciones de este último año escolar, acerca de los niños escolarizados en comparación con los niños no escolarizados. Y llegué a exactamente la misma conclusión: la escuela mata la creatividad.

Cuando hablo con otros papás y mamás sobre este tema, veo que les cuesta creerme. Ven a una europea con opiniones muy radicales y vanguardistas en cuanto a la educación, y piensan que estoy exagerando. Reflexionan sobre su propia educación, y no siempre perciben que a ellos mismos les falta creatividad, o si lo ven, creen que es porque simplemente “no son creativos”.

Mi perspectiva es diferente. Por un lado, porque tuve la oportunidad de crecer en un sistema que era bastante autodirigido: la pedagogía Montessori. Así que, desde pequeña tuve la oportunidad de experimentar lo que significa tomar iniciativas, hacerme responsable de los retos que surgían (por esa misma iniciativa) y resolverlos siendo creativa.

Por otro lado, porque trabajo con niños y jóvenes (desde 2 a 12 años) en dos proyectos educativos que se basan en la Educación Autodirigida, y veo todos los días el contraste entre los niños que nunca han ido a una escuela tradicional y los que sí han ido, y/o todavía van.

Para citar a uno de mis facilitadores: “¡La diferencia es abismal!”

Me da tanto gusto que sea él quien lo diga, porque es un docente con muchos años de experiencia y sigue activo en el sistema público aquí en México. Estos antecedentes generan a veces más credibilidad en los papás, puesto que significa combinar su experiencia, pero con el enfoque que yo tengo (que “tal vez funcione en Europa, pero de este lado del mundo, pues, ¿quién sabe?”)

Pero,​ ​¿qué​ ​es​ ​lo​ ​que​ ​observamos?

Vemos que los niños que nunca han ido a un preescolar o escuela validada por el gobierno y que tienen papás “conscientes” (los educan de forma más respetuosa, confiando más en sus capacidades), son muy libres en su expresión. Significa que, expresan lo que piensan, sin miedo de ser corregidos, escuchan abiertamente y con curiosidad. También expresan unas infinitas ganas de explorar su entorno, lo que se traduce en una toma de iniciativa constante para crear lo que deseen en cada momento.

Teniendo la libertad de explorar, estos niños juegan por iniciativa propia de manera muy independiente y sólo piden ayuda o interferencia cuando sus intentos han fracasado demasiadas veces. En general, según mis observaciones, eso sucede más frecuentemente por fallas en la comunicación y en las negociaciones con sus compañeros, que en el juego mismo. Autogestionan su tiempo y autodirigen sus actividades. Es una belleza observarlos en acción.

¿Qué​ ​pasa​ ​entonces​ ​con​ ​los​ ​niños​ ​que​ ​ya​ ​fueron​ ​a​ ​un​ ​preescolar​ ​tradicional,​ ​aún​ ​si sólo​ ​fueron​ ​por​ ​un​ ​par​ ​de​ ​meses?

Lo que se nota de inmediato es la falta de toma de iniciativas. El niño o niña tarda en incorporarse al juego con los demás niños. En vez de ir a jugar de manera natural, se dirigen a las maestras preguntándoles qué deben hacer, qué va a pasar ahora, y con mucha frecuencia dicen: “Estoy aburrido/a. No sé qué hacer.”

Luego observamos que se restringen para poder satisfacer sus necesidades básicas. Nos puede confundir ese comportamiento y hacernos pensar que son niños “muy bien portados, muy educados”, porque para cada cosa piden permiso: “¿Puedo ir al baño? ¿Puedo tomar agua? ¿Puedo usar tal y tal juguete?” Pero, en realidad no es muestra de una buena educación, sino de una represión de sus necesidades y ganas, nada más.

Cuando yo veo esto en un niño de edad preescolar, me entristece. No puede ser que sea tan fácil moldear a un ser humano y que desaparezcan sus iniciativas y su libre expresión.

¿Con qué derecho los adultos hacen esto a los niños? 

En general es por pura ignorancia, y sé que si nunca has visto a un niño libre, igual crees que es completamente normal. Sí, se ha vuelto la norma, pero natural no lo es. Es producto de las escuelas basadas en un plan de estudios impuesto por adultos que, en realidad, desconocen sobre las necesidades reales de los niños y jóvenes y desconocen sobre cómo aprende a profundidad el ser humano.

Cuando un niño libre pinta, dibuja o trabaja con materiales artísticos, lo hace con gozo y con el fin de explorar colores, texturas y sensaciones.

Un niño que ha pasado tiempo en un preescolar tradicional lo hace con otra intención. Se detiene. Mira a los demás. Si ve algo que le gusta, lo copia. Y luego pregunta: “¿Quedó bien así? ¿Es bonito?” Porque ya aprendió que el proceso no importa, sino el resultado. Y pide siempre la validación del adulto.

El​ ​mismo​ ​patrón​ ​se​ ​repite​ ​con​ ​los​ ​niños​ ​más​ ​grandes​ ​y​ ​los​ ​jóvenes. Los niños desescolarizados tienen una expresión muy diferente a los niños escolarizados.

Los últimos se quedan sin hacer nada. Expresan aburrimiento y el “no saber qué hacer”. No tienen iniciativa, se quedan mirando al adulto en espera de que el adulto les resuelva su aburrimiento. Y cuando por fin se lanzan a hacer algo, en general están copiando a otros niños que ya supieron tomar iniciativa y crear algo propio. Puede ser hacer un dibujo o hacer una cabaña con palos y ramas, no importa, el patrón es el mismo: copian lo que ven, no crean algo por ellos mismos.

A diferencia, los niños desescolarizados se comportan de manera muy distinta. 

Tienen un propósito muy claro de lo que quieren lograr. Se lanzan al intento. Si fracasan demasiadas veces, buscan información de cómo lograrlo mejor (preguntando a un adulto o, con frecuencia, buscando la respuesta en internet). No cesan en sus intentos de crear lo que necesitan o lo que les emociona en el tiempo presente. Son definitivamente autodirigidos.

Y… es una belleza observarlos en acción.

Siempre he pensado que la escuela mata la creatividad. Pero después de este año de observaciones y tantas experiencias concretas con niños escolarizados y niños desescolarizados, tengo que admitir que estoy en shock. No sabía que era tan fácil matar su creatividad. No tenía idea de que, si empiezas a una edad temprana, el resultado es inmediato.

¿Pueden​ ​sanar​ ​los​ ​niños​ ​y​ ​recuperar​ ​su​ ​creatividad?

Sí pueden. Pero no siempre es fácil y es normal que tarden. Depende mucho de la actitud de los padres y madres, de qué tan conscientes sean y de qué tanto logren ellos mismos desescolarizar sus mentes y mejorar el comportamiento hacia sus hijos. Tenemos que aprender a confiar en la capacidad en nuestros hijos, hacernos a un lado y dejar que se aburran en vez de intentar resolverles su situación. Eso sólo lleva a que nunca sean capaces de hacerlo por ellos mismos.

Necesitamos también aprender a confiar en las elecciones de nuestros hijos, y no juzgar sus intereses como inapropiados, inútiles o superficiales. Eso les restringirá por completo para poder desarrollar su creatividad. Hay que recordar que aprender es natural y pasa todo el tiempo, y que cada actividad humana conlleva un aprendizaje. Es el derecho de cada niño y niña a decidir cuál es esa actividad, y qué es lo que necesita aprender. Si no, vamos a repetir el mismo error que las escuelas, matando la creatividad de los niños.

Los accidentes y el desarrollo de los niños

Quisiera compartirles mi perspectiva de los accidentes – desde los chiquitos (moretones, raspones etc.) a los grandes (golpes fuertes, caídas y fracturas).

Soy la primera en reconocer que un accidente casi siempre es desagradable. En general provoca mucho miedo en los adultos. Como padres y madres preferimos todos que nuestros hijos estén bien e intactos. Al mismo tiempo, es un hecho que los accidentes forman parte de la vida. A pesar de todas las precauciones que uno pueda estar tomando, van a seguir pasando – independientemente de lo que uno quiera.

Mi proyecto de educación auto-dirigida, Explora ALC, es un Agile Learning Center (o Centro de Aprendizaje Ágil en español), y como tal compartimos la filosofía de todos los ALCs: confiamos en la capacidad de los niños de saber lo que necesitan y de tomar las decisiones necesarias para poder desarrollar sus intereses sin restricciones y/o imposiciones de los adultos. Esto se basa en investigaciones científicas que demuestran que los niños que tienen el derecho de explorar libremente su entorno, tomando riesgos, empujando sus límites físicos, mentales y emocionales, se vuelven más capaces y menos temerosos de adultos – en comparación de los que no tienen esas mismas oportunidades.

Esto implica que, en un ALC, los adultos siempre trabajamos para poder apoyar a un máximo a los niños en sus deseos de realizarse, sin estar constantemente detrás de ellos. Eso, a su vez, significa que, si no se trata de riesgos que puedan poner en peligro la vida y/o la psique del niño, sí los apoyamos en sus exploraciones porque sabemos todas las ventajas y beneficios que eso genera en ellos – a pesar de que a veces se puedan lastimar. Y sí se lastiman (en o fuera de Explora). Sin embargo, tenemos también límites, y hay actividades que sí consideramos de alto riesgo y por lo tanto no-negociables: irse solos a la playa; salirse sin avisar a donde van; subirse al barandal de la terraza; insultar o lastimar a otro; y no respetarse a sí mismos.

Queremos siempre que los niños estén bien, pero sabemos que no los podemos proteger del resultado de explorar su curiosidad y ganas de vivir experiencias nuevas. Las investigaciones también demuestran que los niños aprenden mucho de los accidentes y le sacan un provecho que se les queda como enseñanzas que les sirven en el futuro: como por ejemplo superar un miedo; resolver un lío en el cuál se metan; o reconocer que cuando estén cansados sean conscientes de sus propios límites.

Mis facilitadores y yo nunca nos vamos a imponer ante los niños y decirles lo que sí o no puedan hacer de la manera convencional, limitándoles así su libertad. Sería ser incongruentes con todo el proyecto de Explora y los fundamentos de los ALCs.

Creé Explora para apoyar el desarrollo de los niños – aun cuando eso incluye hacer cosas un poco peligrosas como trepar una barda o un árbol, hacer una fogata etc.: siempre y cuando el niño se respete a sí mismo y respete a los demás.

Cuando un accidente sí sucede, platicamos con el niño o niña para reflexionar sobre lo que pasó, porque existe una oportunidad de aprender mucho sobre el accidente que sufrió. De ahí surgen decisiones de parte del niño o de la niña de cómo quiere él/ella manejar ese tipo de situaciones en el futuro.

Vemos que los niños sí crecen mucho más cuando, en vez de prohibirles experiencias vitales de la vida, tienen la oportunidad de tomar sus propias decisiones y luego hacerse responsables de las consecuencias – todo siendo apoyados por adultos a quienes les importa el bienestar de cada uno de ellos.

Y recuerda: al prohibirle algo a tu hijo o hija, no significa que no lo vaya a hacer. Es más que probable que sí lo haga de todas maneras – sólo que no te lo va a compartir.