By Rebecka

La escuela mata la creatividad

Sí, ya sé. Es el título de un TED talk muy famoso de Sir Ken Robinson. Y mi intención no era copiar el título, por muy bueno que sea.

He estado reflexionando sobre mis observaciones de este último año escolar, acerca de los niños escolarizados en comparación con los niños no escolarizados. Y llegué a exactamente la misma conclusión: la escuela mata la creatividad.

Cuando hablo con otros papás y mamás sobre este tema, veo que les cuesta creerme. Ven a una europea con opiniones muy radicales y vanguardistas en cuanto a la educación, y piensan que estoy exagerando. Reflexionan sobre su propia educación, y no siempre perciben que a ellos mismos les falta creatividad, o si lo ven, creen que es porque simplemente “no son creativos”.

Mi perspectiva es diferente. Por un lado, porque tuve la oportunidad de crecer en un sistema que era bastante autodirigido: la pedagogía Montessori. Así que, desde pequeña tuve la oportunidad de experimentar lo que significa tomar iniciativas, hacerme responsable de los retos que surgían (por esa misma iniciativa) y resolverlos siendo creativa.

Por otro lado, porque trabajo con niños y jóvenes (desde 2 a 12 años) en dos proyectos educativos que se basan en la Educación Autodirigida, y veo todos los días el contraste entre los niños que nunca han ido a una escuela tradicional y los que sí han ido, y/o todavía van.

Para citar a uno de mis facilitadores: “¡La diferencia es abismal!”

Me da tanto gusto que sea él quien lo diga, porque es un docente con muchos años de experiencia y sigue activo en el sistema público aquí en México. Estos antecedentes generan a veces más credibilidad en los papás, puesto que significa combinar su experiencia, pero con el enfoque que yo tengo (que “tal vez funcione en Europa, pero de este lado del mundo, pues, ¿quién sabe?”)

Pero,​ ​¿qué​ ​es​ ​lo​ ​que​ ​observamos?

Vemos que los niños que nunca han ido a un preescolar o escuela validada por el gobierno y que tienen papás “conscientes” (los educan de forma más respetuosa, confiando más en sus capacidades), son muy libres en su expresión. Significa que, expresan lo que piensan, sin miedo de ser corregidos, escuchan abiertamente y con curiosidad. También expresan unas infinitas ganas de explorar su entorno, lo que se traduce en una toma de iniciativa constante para crear lo que deseen en cada momento.

Teniendo la libertad de explorar, estos niños juegan por iniciativa propia de manera muy independiente y sólo piden ayuda o interferencia cuando sus intentos han fracasado demasiadas veces. En general, según mis observaciones, eso sucede más frecuentemente por fallas en la comunicación y en las negociaciones con sus compañeros, que en el juego mismo. Autogestionan su tiempo y autodirigen sus actividades. Es una belleza observarlos en acción.

¿Qué​ ​pasa​ ​entonces​ ​con​ ​los​ ​niños​ ​que​ ​ya​ ​fueron​ ​a​ ​un​ ​preescolar​ ​tradicional,​ ​aún​ ​si sólo​ ​fueron​ ​por​ ​un​ ​par​ ​de​ ​meses?

Lo que se nota de inmediato es la falta de toma de iniciativas. El niño o niña tarda en incorporarse al juego con los demás niños. En vez de ir a jugar de manera natural, se dirigen a las maestras preguntándoles qué deben hacer, qué va a pasar ahora, y con mucha frecuencia dicen: “Estoy aburrido/a. No sé qué hacer.”

Luego observamos que se restringen para poder satisfacer sus necesidades básicas. Nos puede confundir ese comportamiento y hacernos pensar que son niños “muy bien portados, muy educados”, porque para cada cosa piden permiso: “¿Puedo ir al baño? ¿Puedo tomar agua? ¿Puedo usar tal y tal juguete?” Pero, en realidad no es muestra de una buena educación, sino de una represión de sus necesidades y ganas, nada más.

Cuando yo veo esto en un niño de edad preescolar, me entristece. No puede ser que sea tan fácil moldear a un ser humano y que desaparezcan sus iniciativas y su libre expresión.

¿Con qué derecho los adultos hacen esto a los niños? 

En general es por pura ignorancia, y sé que si nunca has visto a un niño libre, igual crees que es completamente normal. Sí, se ha vuelto la norma, pero natural no lo es. Es producto de las escuelas basadas en un plan de estudios impuesto por adultos que, en realidad, desconocen sobre las necesidades reales de los niños y jóvenes y desconocen sobre cómo aprende a profundidad el ser humano.

Cuando un niño libre pinta, dibuja o trabaja con materiales artísticos, lo hace con gozo y con el fin de explorar colores, texturas y sensaciones.

Un niño que ha pasado tiempo en un preescolar tradicional lo hace con otra intención. Se detiene. Mira a los demás. Si ve algo que le gusta, lo copia. Y luego pregunta: “¿Quedó bien así? ¿Es bonito?” Porque ya aprendió que el proceso no importa, sino el resultado. Y pide siempre la validación del adulto.

El​ ​mismo​ ​patrón​ ​se​ ​repite​ ​con​ ​los​ ​niños​ ​más​ ​grandes​ ​y​ ​los​ ​jóvenes. Los niños desescolarizados tienen una expresión muy diferente a los niños escolarizados.

Los últimos se quedan sin hacer nada. Expresan aburrimiento y el “no saber qué hacer”. No tienen iniciativa, se quedan mirando al adulto en espera de que el adulto les resuelva su aburrimiento. Y cuando por fin se lanzan a hacer algo, en general están copiando a otros niños que ya supieron tomar iniciativa y crear algo propio. Puede ser hacer un dibujo o hacer una cabaña con palos y ramas, no importa, el patrón es el mismo: copian lo que ven, no crean algo por ellos mismos.

A diferencia, los niños desescolarizados se comportan de manera muy distinta. 

Tienen un propósito muy claro de lo que quieren lograr. Se lanzan al intento. Si fracasan demasiadas veces, buscan información de cómo lograrlo mejor (preguntando a un adulto o, con frecuencia, buscando la respuesta en internet). No cesan en sus intentos de crear lo que necesitan o lo que les emociona en el tiempo presente. Son definitivamente autodirigidos.

Y… es una belleza observarlos en acción.

Siempre he pensado que la escuela mata la creatividad. Pero después de este año de observaciones y tantas experiencias concretas con niños escolarizados y niños desescolarizados, tengo que admitir que estoy en shock. No sabía que era tan fácil matar su creatividad. No tenía idea de que, si empiezas a una edad temprana, el resultado es inmediato.

¿Pueden​ ​sanar​ ​los​ ​niños​ ​y​ ​recuperar​ ​su​ ​creatividad?

Sí pueden. Pero no siempre es fácil y es normal que tarden. Depende mucho de la actitud de los padres y madres, de qué tan conscientes sean y de qué tanto logren ellos mismos desescolarizar sus mentes y mejorar el comportamiento hacia sus hijos. Tenemos que aprender a confiar en la capacidad en nuestros hijos, hacernos a un lado y dejar que se aburran en vez de intentar resolverles su situación. Eso sólo lleva a que nunca sean capaces de hacerlo por ellos mismos.

Necesitamos también aprender a confiar en las elecciones de nuestros hijos, y no juzgar sus intereses como inapropiados, inútiles o superficiales. Eso les restringirá por completo para poder desarrollar su creatividad. Hay que recordar que aprender es natural y pasa todo el tiempo, y que cada actividad humana conlleva un aprendizaje. Es el derecho de cada niño y niña a decidir cuál es esa actividad, y qué es lo que necesita aprender. Si no, vamos a repetir el mismo error que las escuelas, matando la creatividad de los niños.

Los riesgos de la Educación Autodirigida

Me he dado cuenta de que muchos adultos piensan que la Educación Autodirigida es algo riesgoso. Por esa razón he tomado la decisión de escribir un poco sobre los riesgos que sí implica apostarle a una educación tan diferente, donde es el niño quien tiene el control y la responsabilidad de su propio aprendizaje.

El hecho de que no haya una escuela basada en este método, que pueda ofrecer una validación oficial, resaltará tal vez como un primer riesgo. Lo que deseas como padre y madre, no sólo es lo “mejor” para tus hijos, pero lo que te parezca también más seguro. Dirías, ¿”quién no prefiere saltar con un paracaídas”?

Y en el proceso de evaluar las opciones para tus hijos, te parecerá probablemente todavía, que una validación de la Secretaría de Educación Pública, es el paracaídas más seguro. Lo que realmente quieres, es algo que asegure que tus hijos tengan éxito en sus vidas. Y sientes que ese papel lo puede garantizar.

Lo que en realidad no asimilas aún es el hecho de que esa validación no puede nunca garantizar tal cosa. El éxito de los hijos depende enteramente de ellos mismos, y de ciertas capacidades que desafortunadamente no se aprenden en las escuelas del sistema educativo tradicional. Hablo de la toma de iniciativas y de decisiones, la resolución de problemas, la responsabilidad, la perseverancia y la resiliencia, y obviamente la creatividad.

Pero regresando a la Educación Autodirigida: ¿por qué piensan muchos que implica riesgos?

Primero, porque significa soltar el control de los hijos. Si le apuestas a una educación que se basa en que los mismos niños elijan qué aprender y en qué momento, tú como padre o madre, ya no puedes controlarlos. Y eso es sumamente retador, en una sociedad donde pensamos que por ser adultos no sólo sabemos más, sino mejor que los niños (que todavía no han vivido tanto tiempo como nosotros). Puede ser completamente aterrador desafiar a esta idea que tenemos, y eso puede que sí represente un riesgo para ti. Es siempre difícil cambiar de paradigma, y sobre todo cuando se trata de soltar el control.

Porque ahí aparece automáticamente otro riesgo más: soltando el control, vas a tener que confiar en la capacidad de tus hijos. Esto implica confiar en que ellos mismos sí son capaces de definir lo que necesitan aprender en la vida – y también cuándo y dónde. Y frecuentemente tú como madre o padre no crees que sean capaces de eso.

A pesar de las numerosas investigaciones científicas que demuestran que sí son capaces (y aún si las leíste todas) va tan en contra del paradigma actual, que te parecerá demasiado riesgoso ni tan siquiera intentar confiar en tus hijos. Y podrás justificarlo reflexionando que tal vez en Europa o en Los Estados Unidos sí funciona, pero aquí en Latinoamérica, no estamos todavía ahí. Pero, en general se trata de una proyección: igual tú no confías en ti mismo/a, y eso impide que puedas confiar en tus hijos. Y obviamente percibirás la Educación Autodirigida como un riesgo.

Ahora, si metes a tus hijos en una escuela que se basa en este tipo de educación, o si decides hacer desescolarización fuera de una escuela, van a surgir otras cosas que probablemente también percibirás como riesgos.

Porque, si tus hijos tienen el poder de decidir a qué se quieren dedicar, eso significa que van a empezar a tomar iniciativas y decisiones propias. Y eso, definitivamente implicará un riesgo para ti. Porque, ¿qué tal si toman una iniciativa que va en contra de lo que a ti te parece “mejor”? ¿Qué tal, por ejemplo, si quieren trepar un árbol muy alto? ¿O si quieren subirse al techo de tu casa? ¿O pasar toda una semana viendo Youtube? ¿O si quieren estar sólo estar maquillándose el día entero y chismeando con las amigas?

Seguramente no te va a parecer. Vas a pensar que no están evaluando “bien” los riesgos que implica expandir sus capacidades físicas (“Mi hijo no mide los riesgos”). O que están malgastando su tiempo en actividades que no sirven para nada (“Mi hija no sabe priorizar cosas útiles en la vida” o “Mis hijos sólo pasan el tiempo jugando”). Y te va a parecer más que riesgoso meter a tus hijos en un formato educativo que se basa en confiar en ellos.

Desde siempre te han estado demostrando que no se puede (y que no se debe) confiar en ellos porque eligen dedicarse a cosas “inútiles” en vez de cosas más “productivas”. Y mejor no sueltas el control ya que “tú sabes mejor que ellos lo que necesitan”.

Ahora, si ponemos tus juicios y convicciones de un lado, y retamos un poco tu mente: ¿cómo puedes tú saber qué es mejor para tus hijos? ¿Cómo puedes tú saber cuál es su camino en la vida, su misión y su pasión?

Sabías que muchos estudios dicen que en 20 años, 80 a 90% de las profesiones que existen hoy en día ya no existirán? Sabías que, ¿la mayor parte de las nuevas profesiones que surgirán, ni han sido todavía inventadas ni pensadas? Así que, ¿cómo puedes tú saber lo que es mejor para tus hijos?

¿Qué tal si tu hija se dedica a algo “tan superficial” como la moda? Y tú, por creer que no tiene fondo, le prohibes dedicarse a lo que más le gusta… y sin darte cuenta, le quitas la posibilidad de volverse experta en diseño.

¿Qué tal si tu hijo, “que está malgastando su tiempo viendo Youtube”, está aprendiendo cosas vitales para él? Por ejemplo: cómo construir algo que le interesa, o está almacenando información sobre algo que quisiera hacer él mismo pero que necesita inspirarse mucho antes de intentarlo.

¿Qué tal si está desarrollando su pensamiento crítico porque empieza a comparar cómo hacen publicaciones en Youtube, y empieza a lograr verbalizar por qué unos son buenos y otros no tan buenos?

O estos niños “tan atrevidos que no se miden y siempre quieren hacer lo más peligroso”… ¿Podrían posiblemente estar aprendiendo algo valioso? ¿Qué tal si están descubriendo sus límites físicos, sabiendo cómo retar al cuerpo y ver de qué son capaces? Tal vez están superando miedos y resolviendo problemas que aparecen en sus exploraciones, obligándose a ser creativos porque ellos mismos decidieron estar en una situación compleja y ellos saben que pueden resolverla. Esas son capacidades que realmente les servirán en sus vidas, y son cosas que nunca podrían aprender en una escuela tradicional.

“¡Pero se pueden lastimar!” Sí, es cierto. Se pueden lastimar y muy seguramente eso puede suceder. Podrá parecer demasiado peligroso dejarlos explorar sus límites físicos, pero, ¿sabías que en los deportes organizados y competitivos los niños se lastiman muchísimo más que cuando exploran libremente sin la supervisión de adultos? Y sabías que, ¿a través del riesgo y daño físico, los niños aprenden a lidiar mejor con sus decepciones emocionales y sus retos psicológicos a lo largo de su crecimiento?

La verdad es que, tú como madre o padre no sabrías lo que están realmente aprendiendo tus hijos, pero se los querrías impedir. Porque no tendrías el control y no entenderías cómo pueden aprender cosas relevantes haciendo lo que tú no entenderías. Y eso, te parece riesgoso.

Pero tal vez más riesgoso te parecería, que bajo la Educación Autodirigida, tus hijos, por tomar sus propias iniciativas y decisiones, se van a equivocar. Y van a fracasar en sus intentos. Y si tienes una tendencia a quererlos sobreproteger, porque no confías en su capacidad de ser resilientes (levantarse después de un fracaso y volverlo a intentar, fortaleciéndose cada vez más), entonces definitivamente te parecerá muy riesgosa esta educación.

Además, porque cuando tú sueltes el control y empieces a confiar, tus hijos desarrollarán su voluntad propia. Y la expresarán plenamente. Y te parecerán seguramente desobedientes o rebeldes. Pero el punto que quizá no ves, es que al mismo tiempo, tus hijos se estarán volviendo independientes. No debería de verse como un riesgo, pero entiendo que hay padres y madres que no quieren ver que sus hijos se independicen. Los quieren ver chiquitos y dependientes para siempre. Así son más fáciles de controlar. No importa si interfiere con su capacidad de crear una vida autosuficiente emocional y materialmente.

Para concluir, los “riesgos” de la Educación Autodirigida sí son muchos. Tus hijos se volverán independientes, con una gran capacidad de tomar iniciativas y decisiones propias, creativos y talentosos para resolver problemas y encontrar nuevas soluciones. Te retarán constantemente y te obligarán a desarrollarte y crecer como persona. Desarrollarán una fuerte voluntad que podrá chocar a veces con la tuya. Cuestionarán los modelos de autoridad: la tuya, la de ciertas leyes o instituciones. Vivirán fracasos y experimentarán equivocándose, y desarrollarán perseverancia y resiliencia. Y puede ser muy muy difícil, lidiar con todo esto si tú, como madre o padre, no estás todavía lista/o de bajarte de tu trono de adulto desde donde tú tienes todo el control.

El último riesgo que existe en la Educación Autodirigida, es que tus hijos se vuelvan tan diferentes a las demás personas que tal vez no encajen mucho en la sociedad a la que pertenezcas. Puede ser un riesgo si quieres forzosamente que tus hijos se vuelvan empleados clásicos que obedezcan órdenes y hagan lo que se les dice. También representará un riesgo si te encanta la sociedad tal y como está en este momento.

Pero si no tienes problemas con que tus hijos se vuelvan emprendedores e innovadores, responsables de quienes son y capaces de crear su propia vida y lo que necesitan para autosustentarse, o si piensas que es momento de que sí cambie la sociedad, la Educación Autodirigida es todo, menos un riesgo.

Al contrario, es una enorme solución para todas las familias que, como tú, quieren empoderar a sus hijos, equipándolos con las capacidades más significativas que hay para garantizarles su éxito en el futuro. Y también, es el inicio de la resolución de muchos problemas con los cuales cargamos en las sociedades humanas.

Los ingredientes de la educación auto-dirigida

La mayor parte de las familias, todavía están muy lejos de considerar una escuela donde los niños y los adolescentes se encarguen de su propia educación. Donde no hay salones ni maestros, donde no exista un plan de estudios, tareas, exámenes o calificaciones. Lo puedo entender, ya que la mayor parte de los adultos han vivido la experiencia de una escolarización muy tradicional, donde todo lo antes mencionado es considerado la clave de una educación exitosa.

Sin embargo, casi todos estamos de acuerdo que el sistema educativo tradicional está fallando, que está obsoleto. Consideramos que los niños están malgastando su tiempo en la memorización de datos y hechos que, por un lado no son muy útiles en la vida real y que, por el otro, pueden encontrar con facilidad en Google en el momento que lo deseen.

Hay diferentes pedagogías alternativas, y en general son buenas. Pero hay sólo una rama que deja la total libertad y responsabilidad de su propia educación a los mismos alumnos: la educación auto-dirigida. Hay una cantidad enorme de investigaciones científicas que demuestran que este tipo de educación sí funciona – y funciona muy bien. ¿Por qué? Porque es la forma natural en la cual aprende el ser humano. Así aprendemos a caminar y hablar, así podemos aprender todo lo demás. Aprendemos principalmente por necesidad, interés y pasión. Eso es el gran motor que nos empuja adelante: porque nosotros mismos lo queremos.

A ningún padre o madre se les ocurriría ponerle tarea o ejercicios extras a su  bebé para que aprenda a hablar o caminar. Tampoco pensaríamos en evaluar sus capacidades haciéndole pasar un examen o calificando sus avances. Vemos que aprende explorando libremente su mundo, jugando e interactuando con los objetos y las personas a su alrededor y con eso estamos satisfechos – hasta que cumplan la edad de la escolarización. De repente cambia todo.

En Suecia, mi país de origen, eso sucede a los siete años. En el estado de Oaxaca, México, donde radico, pasa a los tres años. Ya se acabó el juego. A partir de este momento (según decisiones tomadas por personas que saben muy poco sobre cómo aprende el ser humano) el niño necesita aprender por imposición. Y se acaba la confianza que teníamos en los bebés: de que sí son capaces de aprender por su propia motivación. Los bebés sí pueden, pero cuando están más grandes no. Extraño, ¿no crees?

No obstante, hay familias que sí están dispuestas a dejar que sus hijos aprendan bajo un formato de auto-dirección – o en familia, o en escuelas basadas sobre este mismo concepto. Estas familias valientes entran en un camino retador. Por un lado porque eso implica que tengan que seguir confiando en la capacidad de aprender de sus hijos, aunque nadie más lo haga. Por el otro, porque dejar que sus hijos estén a cargo de su propio aprendizaje, es la absoluta antítesis de cómo funciona “el aprendizaje” en una escuela tradicional. Y eso va en contra de toda la sociedad. Estas familias están constantemente expuestas a las críticas de sus cercanos que no pueden entender, “¡cómo pueden ser tan irresponsables de confiar en la capacidad de aprender de sus hijos!”. Obviamente, esta presión constante les genera incertidumbre. Y dudas, de hecho, ya tienen suficientes.

Porque a pesar de haber tomado la decisión de confiar en sus hijos, y a pesar de todas las investigaciones que apoyan esta forma de aprender, no es nada fácil realmente confiar en los niños. Tenemos tanta programación mental que nos indica que somos más inteligentes que los niños y que sabemos mucho más que ellos, que no puede ser que ellos mismos (tan chiquitos) sepan administrar y gestionar su propio tiempo de manera inteligente, y que realmente sepan sacarle provecho y aprender (sobre todo cuando en realidad lo único que parecen estar haciendo es jugar…). Esa mentalidad se llama adultismo y es algo de lo primero que tenemos que confrontar en nosotros mismos al entrar en el camino del la desescolarización.

Las propias dudas nuestras, el cuestionamiento de los demás, viejos paradigmas mentales como el adultismo, la falta de confianza en el niño y su capacidad etc., son cosas que hacen que el camino de desescolarización se vuelva un camino de valientes. Y muchos padres y madres se preguntan cómo pueden estar seguros de que sí salgan exitosos sus hijos, y cómo pueden asegurarse de darles el máximo apoyo para que así sea.

Para todos estos padres y madres les tengo una buena noticia: sí hay ingredientes que son necesarios para lograr una educación auto-dirigida exitosa. Peter Gray los ha reunido en un artículo que se llama The Natural Environment for Children´s Self-Education. Si podemos juntar todos esos ingredientes y ofrecérselos a nuestros hijos, quitándonos de su camino y confiando en sus capacidades, de verdad no necesitamos dudar más. Aquí vienen bajo mi interpretación:

Tiempo y espacio para el juego y la libre exploración
Para que nuestros hijos puedan aprender a través del juego, necesitan una cantidad enorme de tiempo para jugar y explorar – sin interferencia o imposición de adultos (¡mucho ojo papás y mamás controladores!). También necesitan espacio para poder explorar su entorno libremente, poder salirse y tener acceso a la naturaleza – con toda su variedad.

Edades mezcladas
Los niños aprenden enormemente el uno del otro cuando tienen la posibilidad de convivir fuera de la segregación de edades. Los más chiquitos ven a los más grandes y perseveran para poder hacer todo lo que saben hacer ellos. Los más grandes aprenden compasión y empatía al cuidar a los más chicos, y les enseñan a hacer cosas que nunca podrían aprender si estuvieran en un grupo de puros niños de la misma edad.

Acceso a adultos afectuosos con conocimiento
Adultos que puedan ofrecer un máximo de apoyo con un mínimo de interferencia, es algo que todos los niños necesitan. Poder acceder a la ayuda y el apoyo (físico, intelectual o emocional) de parte de un adulto a quien realmente le importa el niño, cuando el niño mismo lo necesite y lo desee, es algo muy valioso. Si este ingrediente no existe, fácilmente el entorno de los niños se transforma en algo parecido a lo que sucede en El Señor de las Moscas.

Acceso a herramientas diferentes
Para que un niño pueda aprender libremente, necesita acceso a una variedad grande de herramientas. Utensilios de la cocina, computadoras, material artístico, herramientas de carpintería y jardinería y equipamiento deportivo forman todos parte de lo que necesita el niño para aprender – aunque elija no usar todo.

Acceso a un libre intercambio de ideas
El desarrollo intelectual sucede cuando una persona tiene la oportunidad de tomar parte en discusiones libremente, donde puede escuchar ideas y opiniones diferentes y opuestas sin censura. Esto les ayuda a poder desarrollar sus propias opiniones y también el respeto a la opinión del otro. Los adultos necesitamos aprender a superar nuestra propia incomodidad frente a temas difíciles y lograr compartir sin censura (y sin morbo) y confiar en la capacidad de los niños de poder lidiar con lo que escuchan.

Ausencia de bullying y de bullys
Para que un niño pueda jugar y explorar libremente, necesita sentirse a salvo física y emocionalmente. La creación de una cultura consciente, donde se respetan las diferencias es vital para que un aprendizaje sano pueda suceder. Es fundamental que los niños formen parte del proceso de elaboración de los acuerdos, pero es de igual importancia que los pongan en práctica y que los actualicen cuando sea necesario. Esto garantiza un ambiente sano para todos.

Inmersión en procesos democráticos
La posibilidad de formar parte en procesos democráticos ayuda al niño a fomentar la responsabilidad de su propio aprendizaje y a aumentar su motivación. Si la opinión de cada persona realmente impacta, es necesario que uno piense muy bien antes de darle voz a su opinión. Cada persona es responsable de sí misma, pero también de su comunidad.

Admito que al inicio esto no es nada fácil. Pero una vez que tomas la decisión, tu trabajo como padre o madre se vuelve en ofrecerles a tus hijos todas las circunstancias donde puedan jugar y explorar libremente, confiando en su capacidad innata de aprender lo que necesitan en el momento que ellos mismos lo elijan. Y eso es tal vez lo que más valor requiere: hacernos de un lado, soltar el control y dejar de impedir que aprendan lo que ellos mismos escojan.

Para todos los que todavía dudan y sienten la necesidad de más apoyo científico, y para todos los que nunca habían escuchado de la educación auto-dirigida, les recomiendo que lean Libres para Aprender de Peter Gray.

 

Los accidentes y el desarrollo de los niños

Quisiera compartirles mi perspectiva de los accidentes – desde los chiquitos (moretones, raspones etc.) a los grandes (golpes fuertes, caídas y fracturas).

Soy la primera en reconocer que un accidente casi siempre es desagradable. En general provoca mucho miedo en los adultos. Como padres y madres preferimos todos que nuestros hijos estén bien e intactos. Al mismo tiempo, es un hecho que los accidentes forman parte de la vida. A pesar de todas las precauciones que uno pueda estar tomando, van a seguir pasando – independientemente de lo que uno quiera.

Mi proyecto de educación auto-dirigida, Explora ALC, es un Agile Learning Center (o Centro de Aprendizaje Ágil en español), y como tal compartimos la filosofía de todos los ALCs: confiamos en la capacidad de los niños de saber lo que necesitan y de tomar las decisiones necesarias para poder desarrollar sus intereses sin restricciones y/o imposiciones de los adultos. Esto se basa en investigaciones científicas que demuestran que los niños que tienen el derecho de explorar libremente su entorno, tomando riesgos, empujando sus límites físicos, mentales y emocionales, se vuelven más capaces y menos temerosos de adultos – en comparación de los que no tienen esas mismas oportunidades.

Esto implica que, en un ALC, los adultos siempre trabajamos para poder apoyar a un máximo a los niños en sus deseos de realizarse, sin estar constantemente detrás de ellos. Eso, a su vez, significa que, si no se trata de riesgos que puedan poner en peligro la vida y/o la psique del niño, sí los apoyamos en sus exploraciones porque sabemos todas las ventajas y beneficios que eso genera en ellos – a pesar de que a veces se puedan lastimar. Y sí se lastiman (en o fuera de Explora). Sin embargo, tenemos también límites, y hay actividades que sí consideramos de alto riesgo y por lo tanto no-negociables: irse solos a la playa; salirse sin avisar a donde van; subirse al barandal de la terraza; insultar o lastimar a otro; y no respetarse a sí mismos.

Queremos siempre que los niños estén bien, pero sabemos que no los podemos proteger del resultado de explorar su curiosidad y ganas de vivir experiencias nuevas. Las investigaciones también demuestran que los niños aprenden mucho de los accidentes y le sacan un provecho que se les queda como enseñanzas que les sirven en el futuro: como por ejemplo superar un miedo; resolver un lío en el cuál se metan; o reconocer que cuando estén cansados sean conscientes de sus propios límites.

Mis facilitadores y yo nunca nos vamos a imponer ante los niños y decirles lo que sí o no puedan hacer de la manera convencional, limitándoles así su libertad. Sería ser incongruentes con todo el proyecto de Explora y los fundamentos de los ALCs.

Creé Explora para apoyar el desarrollo de los niños – aun cuando eso incluye hacer cosas un poco peligrosas como trepar una barda o un árbol, hacer una fogata etc.: siempre y cuando el niño se respete a sí mismo y respete a los demás.

Cuando un accidente sí sucede, platicamos con el niño o niña para reflexionar sobre lo que pasó, porque existe una oportunidad de aprender mucho sobre el accidente que sufrió. De ahí surgen decisiones de parte del niño o de la niña de cómo quiere él/ella manejar ese tipo de situaciones en el futuro.

Vemos que los niños sí crecen mucho más cuando, en vez de prohibirles experiencias vitales de la vida, tienen la oportunidad de tomar sus propias decisiones y luego hacerse responsables de las consecuencias – todo siendo apoyados por adultos a quienes les importa el bienestar de cada uno de ellos.

Y recuerda: al prohibirle algo a tu hijo o hija, no significa que no lo vaya a hacer. Es más que probable que sí lo haga de todas maneras – sólo que no te lo va a compartir.

Lo que hace el sistema educativo tradicional a nuestros hijos

Son muchos años que tengo la oportunidad de observar cómo se comportan los niños en general, y cuáles son las diferencias que observo entre niños que están en el sistema educativo tradicional y los que están en sistemas alternativos.

Todos los niños aprenden de los adultos. Somos sus modelos y ejemplos. Si nosotros aprendemos a validar las emociones de los niños, y los escuchamos sin juzgar, criticar, regañar o intentar controlarlos, ellos aprenden a ponerles nombre a sus emociones, a reconocerlas y con el tiempo también de aprender a controlar sus reacciones. Aprenden a escucharse a sí mismos, y por ende también a escuchar a los demás – lo que desarrolla la empatía y la compasión hacia los demás.

Pero el sistema educativo tradicional no es así. En ese sistema, los adultos no escuchan a los niños. Son los niños que tienen que escuchar a los adultos, que les interese o no, si les hace relevante o no. Es por imposición y dominación, y la comunicación va de arriba hacia abajo – y no de manera horizontal desde un ser humano a otro ser humano.

Esto crea en los niños una carencia emocional: la de ser escuchados. Esa falta les lleva 1) a gritar para que los escuchemos 2) a no escuchar a los demás. Lo he observado vez tras vez. Es frustrante no ser escuchado. De hecho es una muestra de falta de respeto de parte de los adultos hacia los niños, y esa falta de respeto genera más falta de respeto: entre los niños mismos. “Yo no te voy a escuchar porque no me interesa. Pero tú sí me vas a escuchar a mí y hacer lo que yo quiero.”

Para mi, la primera señal de si una persona tiene capacidad de comunicación o no, es la capacidad de escuchar al otro. No el expresarse.

La imposición y la obligación de hacer lo que otra persona manda, es una forma de violencia que se ejerce todos los días en las escuelas, y muchas veces también en las casas. Ni lo cuestionamos, porque estamos tan acostumbrados a estos métodos que los consideramos normales. El no escuchar al otro, en realidad es una gran falta de respeto por los derechos ajenos, pero tampoco lo cuestionamos porque vivimos en una sociedad violenta donde es normal que los que tienen el poder (si son los padres, maestros, gobernadores, senadores o el presidente, es sin importar) no escuchan a los que están a su cargo, no los respetan sino les imponen lo que ellos consideran lo correcto, lo importante o lo adecuado. No vemos que es una actitud violenta y opresiva, porque lo hemos vivido desde bebés. Es parte de la normalidad – y parte de lo que se llama la mente escolarizada. Pensamos que así tiene que ser y no buscamos otras maneras más funcionales para operar en el día en día.

Creo que pocas personas están en desacuerdo cuando digo que vivimos en una sociedad violenta y opresora. Pero de ahí a reconocer que nosotros mismos estamos repitiendo esos patrones hay un abismo. Y el hecho que el sistema educativo así está construido, es simplemente como siempre ha sido.

Sin embargo, yo veo todos los días que no tiene por que ser así, en los niños que han crecido con la libertad de ser quienes son, que han tenido la oportunidad de gestionar su propio tiempo, desarrollar la toma de decisiones y de iniciativas, que han aprendido a hacerse cargo de las consecuencias de esas dichas tomas de decisiones e iniciativas. Se vuelven creativos y constructivos, y pasan su tiempo diviertiéndose explorando sus intereses y aprendiendo de manera natural.

A diferencia, los niños que no han tenido esta oportunidad porque están en un sistema donde no se les escucha, donde ni hay recreo o juego libre y donde, por las tardes, tampoco tienen la posibilidad de jugar libremente porque tienen tareas (con sus exámenes y calificaciones pendientes), y luego todavía más actividades dirigidas por adultos – estos niños no saben cómo manejar la libertad cuando les llega.

Cuando por fin sí tienen acceso a libertad, los veo casi abrumados de esa misma libertad. Y agarran la posibilidad de hacer lo que se les da la gana, sin considerar las necesidades de los demás. Y sin la capacidad de generar ideas creativas y constructivas. Como nunca han tenido la oportunidad de desarrollar ese lado positivo, no saben cómo hacerle. Van directo a lo más prohibido, lo más peligroso – hambrientos de libertad. Y las actitudes de los bullies ahí están. Agresiones verbales y hasta físicas. La falta total del respeto hacia el “¡Para! No me gusta.” Cero capacidad de respetar los acuerdos entre todos, y del escuchar al otro.

Y esto, no es normal. Es el fruto de un sistema opresivo y violento. Pero es un fruto que es considerado la norma, simplemente porque no hemos vivido otra cosa. Pero normal, no lo es. Los niños que crecen en entornos pacíficos, no se vuelven agresivos. Los niños que han sido escuchados y respetados escuchan y respetan.

La buena noticia es que sí se puede revertir este proceso. Pero requiere un trabajo de desescolarización – no sólo del niño sino también de los papás. Nosotros tenemos la responsabilidad de la educación de nuestros hijos. Pero eso no significa dominarlos, sino regalarles lo más bonito que hay en la vida: la libertad de ser quienes son y de desarrollarse como ellos mismos desean. Para lograr eso hace falta soltar el control y aprender a confiar en las capacidades de nuestros hijos. No es fácil cuando nunca lo has hecho, pero si entiendes porqué es importante te vas a esforzar para desescolarizarte a ti también.

¿Qué es la desescolarización?

A veces es complicado explicar exactamente qué es Explora. Puedo decir que es un Centro de Aprendizaje Ágil – lo que es cierto ya que pertenece a la red de Agile Learning Centers. Pero en realidad nadie aquí en México entiende qué es eso.

Puedo decir que es un centro de convivencia y desarrollo juvenil – lo que también es cierto. Sólo que eso tampoco es toda la verdad, porque Explora es tanto más que eso.

Si digo la verdad, que Explora es un proyecto de desescolarización, tendré que entrar en una plática que podría durar días. Porque para entender qué es la desescolarización, también tendría que explicar qué es la escolarización y qué significa tener una mente y actitudes escolarizadas. Podría probablemente escribir todo un libro sobre ese tema, pero como sé que muy poca gente leería un libro así, prefiero hacerles la vida más fácil e introducirles a este concepto de desescolarización a través de una entrevista que tuve la oportunidad de hacer con un panel de expertos en el tema.

Sí, es larga: dos horas. Pero sí vale la pena. Y es necesario verla para poder empezar a entender qué es Explora y cuáles son los beneficios para los niños. Si no tienes dos horas consecutivas, vela por cachos de 15 minutos. Regálate esa oportunidad. Es para el bien de tu hijo o hija.

Incentivando la toma de iniciativas

Ya son tres semanas que nuestro Centro de Aprendizaje Ágil está funcionando. Ha sido muy emocionante ver cómo están llegando niños de diferentes clases socio-económicas y de distintas culturas para convivir en un mismo lugar. Es algo bastante único que casi nunca sucede en nuestro país, donde las diferencias entre las personas que tienen y las que no tienen han creado abismos.

Lo que observamos todos los facilitadores es que la diferencia más grande reside entre los niños que son bi-culturales (o sea que tienen un papá  una mamá de otro país) y de los niños cuyos papás son puramente mexicanos.

Los niños bi-culturales son los que toman iniciativa propia y que inician actividades sin el apoyo de los facilitadores. Si quieren jugar a las atrapadas, lo hacen y ya. Si quieren tejer, van por las madejas de estambre, piden ayuda si lo necesitan y ya.

Los niños mono-culturales no se comportan así. Sí ponen sus intenciones bien claras. Luego se quedan esperando que uno de los facilitadores dirija el juego o la actividad.

Nos ha preocupado bastante esa actitud, porque les llevará a una posición muy pasiva en la sociedad. Al no tomar iniciativas, no podrán salirse adelante, superarse y/o mejorar sus vidas. Pensamos que es algo que se les enseña desde chiquitos, en las mismas familias y que luego se refuerza en el sistema educativo tradicional.

Nuestro papel como facilitadores no es hacer que los niños se activen. Es darles el máximo apoyo y el mínimo de interferencia para que ellos mismos puedan hacer lo que les llama la atención.

A veces eso significa tomar unos pasos hacia atrás, y “desaparecer” de la vista de los niños para no intimidarlos con nuestra presencia, porque ellos ya vienen programados con la idea de que hay que complacer al adulto y hacer lo que creen que quiere el adulto.

Es obvio que el sistema educativo tradicional no está favoreciendo la toma de iniciativas y de responsabilidades. Tampoco incita a investigar por uno mismo y usar su propia creatividad para encontrar las soluciones a los retos que surgen, porque en las escuelas sólo se permite una sola respuesta a cada pregunta.

Tampoco logra un ambiente de confianza y respeto mutuo – algo que estamos trabajando muy conscientemente para crear en Explora. El obstáculo que tenemos reside en cómo están hechas las estructuras familiares y las escuelas donde muchas veces la violencia verbal y, lamentablemente todavía, física es considerada una normalidad.

Cómo estamos intentando revertir las consecuencias de esa violencia, les compartiré en el próximo blog.

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Taller de tejer – ¡hasta los facilitadores se animaron!

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Jugando a “ninjas” – un juego que crea conexiones, movimiento físico y mucha diversión.

 

¡Ya abrimos Explora!

Esta primera semana de Explora ha sido extraordinaria. Adultos y niños tenemos todos el derecho de ofrecer actividades, pero son los mismos niños que ponen su agenda y que deciden cómo y de que manera usar su tiempo. El ser humano aprende mejor a través del juego, y todas las actividades del ser humano tiene como producto secundario el aprendizaje.

 

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Observar cómo los niños y niñas empiezan a tomar iniciativas de actividades tan diversas es completamente fascinante. En menos de una semana han creado una milpa donde sembran maíz  una actividad que lleva consigo muchas responsabilidades para los niños que la iniciaron.

 

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No hay imposición: los que no quieren hacer una milpa no la hacen. ¡Hay tantas más cosas que hacer!

 

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Los niños también juegan libremente – dentro de la casa de Explora, o en los alrededores. La libertad de la cual gozan, bajo una estructura muy flexible que les ayuda a sentir una contención sana, es algo muy valioso.

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El trabajo de los adultos es apoyar a un máximo mientras interferimos a un mínimo. Con mucha conciencia estamos creando una cultura de confianza y respeto: la base es ser auténticos y respetar las diferencias del otro. Cuando nosotros como adultos respetamos a los niños por como son, también nos respetan a nosotros y a sus compañeros.

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En menos de una semana, ¡Explora se ha vuelto un lugar donde niños y adultos nos divertimos y disfrutamos inmensamente!

El juego finito vs. el juego infinito

Cuando los niños juegan, o mejor dicho cuando las personas juegan, existen dos posibilidades: los juegos finitos y los infinitos.

Los juegos finitos son juegos que tienen reglas y posibilidades preestablecidas y tienen un final. Son jugados con el propósito de ganar, de obtener un objetivo, y cuando este es logrado el juego termina.

  • Las reglas no pueden ser cambiadas.
  • Validación proviene de los demás (árbitro, entrenador, padres, jefes etc.)
  • Crea competencia, competidores, oponentes.
  • Una meta nueva es necesaria cada vez que el juego termina (“Ya obtuve un grado/diploma/certificado… ¿Ahora qué?)
  • Obtener el grado para obtener un trabajo para obtener dinero para obtener prestigio para obtener…
  • La meta del juego es obtener los puntos/trofeos/niveles/símbolo de estatus etc.

Por otro lado, los juegos infinitos se juegan por jugar, no para obtener o lograr nada. En un juego infinito hay cambio, opción y elección, hay ligereza, dinamismo y colaboración. Al juego infinito se le da comienzo y la duración y el resultado del juego permanece indeterminado y abierto. Este tipo de juego, ya sea en el recreo o en la vida, le da bienvenida a la espontaneidad, lo cual se presta para relaciones y experiencias genuinas.

  • Se permite el cambio, la opción, la elección.
  • La duración, la dirección y el resultado permanecen inciertos.
  • Validación/satisfacción proviene de adentro del jugador (intrínseca).
  • La meta ES el juego mismo y el acto de jugar.
  • Crea jugadores infinitos, colaboradores, compañeros de juego.
  • Permite espacio para la improvisación, la flexibilidad y la creatividad espontánea.
  • Fomenta relaciones y experiencias genuinas y relevantes.
  • Los niños, las personas juegan juegos infinitos naturalmente (si se les permite).
  • Siempre es evidente el elemento de la elección.

El juego infinito se juega con el propósito de continuar jugando. Un ejemplo de esto son los juegos de pretender como “jugar a la casita”. No hay objetivo final; el propósito es el juego mismo. Mientras el juego continúa, las reglas van cambiando, condiciones son inventadas, nuevos jugadores o “juguetes” son añadidos para ayudar a que el juego mejore y continúe. Mientras que los juegos finitos pueden ser divertidos y recompensantes, el juego infinito permite que pongamos en práctica la creatividad y que los jugadores se involucren y se relacionen profunda y personalmente entre sí. El poder de este tipo de juego está en permitir la participación activa y genuina sin que nadie se sienta limitado por la necesidad de llegar a ninguna meta o resultado en particular.

Este concepto, por supuesto, puede ser extendido a contextos más amplios. En la vida hay muchas experiencias en las cuales participamos con un objetivo o meta en mente. Vamos al supermercado con la meta de comprar alimentos. Luego de que se logra este objetivo este “juego finito” termina.

Ejemplo de un juego infinito en la vida sería el ser un amigo para alguien. Mientras vamos teniendo la experiencia de una amistad hacemos planes el uno con el otro, tenemos desacuerdos, los resolvemos juntos, y ajustamos nuestras interacciones en el camino para ayudar que la amistad continúe. En este “juego” no hay un fin determinado; la amistad en sí y el mantenerla es el objetivo.

Sin embargo, en la vida no siempre hay distinciones claras entre juegos finitos y juegos infinitos. De hecho la diferencia está en nuestra percepción. Posiblemente conocemos a alguien que ha visto una relación como un juego finito el cual debe ser ganado en vez de como una experiencia flexible y siempre cambiante. En este contexto se está constantemente buscando quien está ganando y la pareja se vuelve tu oponente.  La habilidad de involucrarnos y entendernos completamente uno al otro se pierde en una perspectiva como esta y la relación probablemente resulte poco duradera.

Cuando conscientemente escogemos percibir nuestras experiencias como parte de un juego infinito obtenemos la libertad de responder flexiblemente ante cualquier situación que emerja. Nos volvemos flexibles y resilientes cuando las cosas no salen como planificadas. Nos volvemos dinámicos y creativos al llegar a un punto inesperado. También desarrollamos relaciones más fuertes con las personas que nos rodean, con quienes jugamos y buscamos ayuda para continuar jugando. Mientras que alguien con una mentalidad finita se estanca en los obstáculos y se agobia por situaciones difíciles. Aquellos con mentalidades infinitas están motivados a encontrar soluciones a problemas para poder moverse hacia adelante (y seguir jugando).

En el contexto de un Centro de Aprendizaje Ágil (ALC, por sus siglas en inglés) el facilitador necesita tener una mentalidad infinita. No hay un “ganar” o “perder” en el aprendizaje.  La educación tradicional ve el aprendizaje de manera finita: memoriza este hecho, devuélvelo en un papel y ya terminaste. Pero el punto de la educación está en el proceso, no en la meta. Cuando se trata de facilitar aprendizaje no hay tal cosa como “ganar”.  En vez de ocuparnos de buscar la forma “correcta” de hacer las cosas, debemos pensar en qué es lo que mejor nos sirve para que el juego continúe – o – enqué es lo que mejor protege y nutre la relación con un estudiante y que asisten a la perpetuación de su aprendizaje.

También debemos ayudar a los niños a ver de manera infinita. Ellos pueden cambiar los juegos de finitos a infinitos cambiando las reglas, y pueden jugar juegos infinitos con resiliencia y gracia porque ven mas allá del juego. Podrán jugar cualquier juego finito, como ir a la universidad, o lograr un trabajo con una actitud infinita. Cuando cultivamos esta perspectiva en los niños, estos son capaces de ver el poder que tienen para cambiar cosas del mundo, ajustar condiciones, trabajar con otros y cambiar cómo interactúan para poder continuar aprendiendo, cultivando sus amistades y jugando el juego. Cuando cultivamos esta perspectiva en los niños, los empoderamos a crear su propia realidad y diseñar sus propias vidas.

Para más información sobre este tema pueden leer Finite and Infinite Games, por James Carse.

Alex Aldarondo
Director y fundador de ExAlt, el primer ALC de Puerto Rico