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De la educación progresista… (1a parte)

Yo nací en Suecia, un país donde la educación es gratuita para todos (sin importar la inclinación pedagógica – con la educación sin escuela, o educación autodirigida como gran exepción), incluyendo los estudios universitarios. Mi mamá decidió desde el inicio inscribirme en un kínder Montessori porque le gustaban mucho los pensamientos pedagógicos de María Montessori. Así que, desde los cuatro hasta los doce años, yo estaba estudiando dentro del sistema Montessori.

De la educación progresiva

Pero al iniciar la secundaria, se acabó la felicidad. Montessori ya no era una opción puesto que la Doctora Montessori opinaba que los adolescentes no deberían de ir a la escuela. Y yo me tuve que enfrentar al sistema tradicional. Fue un choque bastante fuerte. Sí, me adapté rápido, pero no me gustó nada. Me aburría y sentía que estaba malgastando mi tiempo. Como resultado, a partir de los doce años me volví una ferviente crítica del sistema educativo tradicional.

Una vez adulta, decidí hacer algo al respecto: me formé como maestra y pedagoga.
Me encantaba enseñar, pero mi estilo era muy distinto. Tal como dijo uno de los maestros en mi carrera de Pedagogía Práctica: “uno suele enseñar tal y como uno ha sido enseñado”. Como ex-alumna Montessori, me volví una maestra que daba mucha libertad y mucho poder de elección a mis alumnos.

Sin embargo para mí, no era suficiente afectar positivamente a los alumnos que yo tenía. Seguía muy conflictuada con el sistema, lo quería cambiar. Es más: lo quería colapsar e iniciar desde la nada. Quitar esos cimientos de la industrialización, una época llena de sumisión y dominación.

Obviamente el reto era demasiado grande para una maestra joven. Me harté y dejé mi puesto de maestra. Fue parte de un proceso personal que me trajo, un par de años después, a México y al estado de Oaxaca. Empecé a trabajar en una universidad como encargada del programa de francés. Y me topé con un sistema aún más obsoleto. Veía a mis alumnos (de 15 a 30 años de edad) que estaban estudiando francés, supuestamente por gusto, pero sin iniciativa, sin entendimiento de lo que significa tomar la responsabilidad de sus estudios, sin independencia, sin autonomía… Y me preguntaba, ¿cómo era posible que los alumnos de 11 años que yo había tenido en Suecia, dentro de un sistema obligatorio, mostraban más responsabilidad, más iniciativa y más autonomía y autodirección en su aprendizaje, que estos adolescentes y adultos que habían elegido por voluntad propia esta materia?

Poco a poco fui conociendo la realidad del sistema educativo mexicano. Conocí a los alumnos y su mentalidad. Y empecé muy pronto a capacitar a maestros dentro del sistema: desde nivel preescolar hasta nivel universitario. 15 años después de haber llegado a México, he capacitado a casi 300 maestros en el estado donde vivo. Los conozco bastante bien. Sé cuáles son sus lagunas, y sé lo que no funciona en el sistema educativo.

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Cuando nació mi hijo en el 2005, me dije que nunca jamás lo pondría en un sistema que no sólo falla en dar a los niños lo que realmente necesitan para desarrollarse en la vida, sino que les quita la iniciativa, la creatividad, la autonomía: todo lo que necesitan para volverse adultos capaces, independientes e innovadores.

En el 2008 empecé a buscar a personas que pensaban como yo, que creían que era necesario fundar una escuela alternativa, y con otras tres personas co-fundé la primera escuela alternativa en Oaxaca: Papalotes. Papalotes son siglas para Padres Pro Aprendizaje Lúdico Orientado a Transformar la Educación Social. Después del primer año decidimos volvernos Waldorf. Era simplemente demasiado difícil navegar en una sociedad tradicionalista y convencionalista sin ninguna bandera.

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Crear una escuela Waldorf en el estado de Oaxaca, fue muy retador. Sin embargo, después de tres años, cuando me invitó un grupo de padres en Puerto Escondido (en la costa oaxaqueña) para compartirles el proyecto, acepté el nuevo desafío. Mis socios de Oaxaca estaban de acuerdo, siempre y cuando no tuvieran que involucrarse.
Hacer una escuela implica mucho trabajo. Hacer una segunda, obviamente más.

Mi viaje personal de ir de Montessori a Waldorf fue muy interesante. Yo era muy autodirigida y acostumbrada a que el maestro se quedase en el fondo, y me costaba la idea de que un maestro dirigiera al grupo de niños. En kínder todavía el enfoque era el juego libre, lo que me encantaba, ya que realmente es la forma más natural en la que aprende cualquier niño. Pero en primaria empezó a complicarse la situación.

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Los planes de estudio Waldorf son hermosos pero muy complejos. Muestran, por ejemplo, un profundo conocimiento del desarrollo psicológico del niño que no he visto en ninguna otra pedagogía. Pero, ¿es posible que una persona sea capaz de seguirlos sin la capacitación y experiencia adecuadas? De repente, el reto se multiplicaba: no sólo era difícil encontrar a familias interesadas en tomar el riesgo y salirse del sistema para apostarle a una educación diferente, sino que era casi imposible encontrar a los maestros adecuados. Todo esto en combinación con el hecho de que cada edad requiere un plan de estudio distinto, creaba una situación económica devastadora para una pequeña escuela. ¿Cómo pagas un sueldo digno para un maestro que sólo tiene a dos alumnos?
En concreto, sentía que los retos eran demasiado grandes.

Paralelamente a esto, me daba cuenta que a mi hijo (que tiene Síndrome de Asperger) no le funcionaba la educación dirigida por un adulto. Se enojaba, sentía mucha frustración y frecuentemente expresaba sentirse tonto e incapaz. – ¿Por qué los niños tenemos que ir a la escuela? me preguntaba llorando todos los días en ese último semestre.

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Yo no sabía qué decirle. Para ese entonces, ya había estado buscando modelos que pudieran funcionar mejor, me había encontrado a las escuelas democráticas y todo el movimiento de desescolarización. Sabía que no era necesario que fuera a la escuela para aprender. Pero me sentía muy responsable del proyecto, su gestión y su supervivencia, ya que había sido mi iniciativa. No era nada fácil soltarlo.

Por estas y muchas razones más, decidí dejar mi proyecto en diciembre del 2015. Y simultáneamente, decidí confiar en mi hijo y su insistencia en ya no tener que ir a la escuela. Pude ver que había sacrificado el bienestar de los dos con tal de gestionar una escuela pequeña pero desafiante, donde él no estaba a gusto y donde yo tenía la responsabilidad pero no el poder de mejorar las cosas que consideraba necesarias. Dejarlo todo fue muy doloroso pero muy necesario. No había otra opción.

Y así empezó nuestra aventura en el mundo de la desescolarización.

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