Lo que hace el sistema educativo tradicional a nuestros hijos

Son muchos años que tengo la oportunidad de observar cómo se comportan los niños en general, y cuáles son las diferencias que observo entre niños que están en el sistema educativo tradicional y los que están en sistemas alternativos.

Todos los niños aprenden de los adultos. Somos sus modelos y ejemplos. Si nosotros aprendemos a validar las emociones de los niños, y los escuchamos sin juzgar, criticar, regañar o intentar controlarlos, ellos aprenden a ponerles nombre a sus emociones, a reconocerlas y con el tiempo también de aprender a controlar sus reacciones. Aprenden a escucharse a sí mismos, y por ende también a escuchar a los demás – lo que desarrolla la empatía y la compasión hacia los demás.

Pero el sistema educativo tradicional no es así. En ese sistema, los adultos no escuchan a los niños. Son los niños que tienen que escuchar a los adultos, que les interese o no, si les hace relevante o no. Es por imposición y dominación, y la comunicación va de arriba hacia abajo – y no de manera horizontal desde un ser humano a otro ser humano.

Esto crea en los niños una carencia emocional: la de ser escuchados. Esa falta les lleva 1) a gritar para que los escuchemos 2) a no escuchar a los demás. Lo he observado vez tras vez. Es frustrante no ser escuchado. De hecho es una muestra de falta de respeto de parte de los adultos hacia los niños, y esa falta de respeto genera más falta de respeto: entre los niños mismos. “Yo no te voy a escuchar porque no me interesa. Pero tú sí me vas a escuchar a mí y hacer lo que yo quiero.”

Para mi, la primera señal de si una persona tiene capacidad de comunicación o no, es la capacidad de escuchar al otro. No el expresarse.

La imposición y la obligación de hacer lo que otra persona manda, es una forma de violencia que se ejerce todos los días en las escuelas, y muchas veces también en las casas. Ni lo cuestionamos, porque estamos tan acostumbrados a estos métodos que los consideramos normales. El no escuchar al otro, en realidad es una gran falta de respeto por los derechos ajenos, pero tampoco lo cuestionamos porque vivimos en una sociedad violenta donde es normal que los que tienen el poder (si son los padres, maestros, gobernadores, senadores o el presidente, es sin importar) no escuchan a los que están a su cargo, no los respetan sino les imponen lo que ellos consideran lo correcto, lo importante o lo adecuado. No vemos que es una actitud violenta y opresiva, porque lo hemos vivido desde bebés. Es parte de la normalidad – y parte de lo que se llama la mente escolarizada. Pensamos que así tiene que ser y no buscamos otras maneras más funcionales para operar en el día en día.

Creo que pocas personas están en desacuerdo cuando digo que vivimos en una sociedad violenta y opresora. Pero de ahí a reconocer que nosotros mismos estamos repitiendo esos patrones hay un abismo. Y el hecho que el sistema educativo así está construido, es simplemente como siempre ha sido.

Sin embargo, yo veo todos los días que no tiene por que ser así, en los niños que han crecido con la libertad de ser quienes son, que han tenido la oportunidad de gestionar su propio tiempo, desarrollar la toma de decisiones y de iniciativas, que han aprendido a hacerse cargo de las consecuencias de esas dichas tomas de decisiones e iniciativas. Se vuelven creativos y constructivos, y pasan su tiempo diviertiéndose explorando sus intereses y aprendiendo de manera natural.

A diferencia, los niños que no han tenido esta oportunidad porque están en un sistema donde no se les escucha, donde ni hay recreo o juego libre y donde, por las tardes, tampoco tienen la posibilidad de jugar libremente porque tienen tareas (con sus exámenes y calificaciones pendientes), y luego todavía más actividades dirigidas por adultos – estos niños no saben cómo manejar la libertad cuando les llega.

Cuando por fin sí tienen acceso a libertad, los veo casi abrumados de esa misma libertad. Y agarran la posibilidad de hacer lo que se les da la gana, sin considerar las necesidades de los demás. Y sin la capacidad de generar ideas creativas y constructivas. Como nunca han tenido la oportunidad de desarrollar ese lado positivo, no saben cómo hacerle. Van directo a lo más prohibido, lo más peligroso – hambrientos de libertad. Y las actitudes de los bullies ahí están. Agresiones verbales y hasta físicas. La falta total del respeto hacia el “¡Para! No me gusta.” Cero capacidad de respetar los acuerdos entre todos, y del escuchar al otro.

Y esto, no es normal. Es el fruto de un sistema opresivo y violento. Pero es un fruto que es considerado la norma, simplemente porque no hemos vivido otra cosa. Pero normal, no lo es. Los niños que crecen en entornos pacíficos, no se vuelven agresivos. Los niños que han sido escuchados y respetados escuchan y respetan.

La buena noticia es que sí se puede revertir este proceso. Pero requiere un trabajo de desescolarización – no sólo del niño sino también de los papás. Nosotros tenemos la responsabilidad de la educación de nuestros hijos. Pero eso no significa dominarlos, sino regalarles lo más bonito que hay en la vida: la libertad de ser quienes son y de desarrollarse como ellos mismos desean. Para lograr eso hace falta soltar el control y aprender a confiar en las capacidades de nuestros hijos. No es fácil cuando nunca lo has hecho, pero si entiendes porqué es importante te vas a esforzar para desescolarizarte a ti también.

One comment

  1. Montse says:

    Excelentes palabras, es hora de acabar con el autoritarismo que tanto daño está haciendo a nuestros niños y sociedad, al ser humano. Hay mucho trabajo por delante para desescolarizarnos, gracias por compartir y por favor sigue haciéndolo; falta mucha información en este tema

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